lunes, 27 de febrero de 2017

Un texto medular de Fernando Ortiz, "La decadencia cubana", de 1924


LA DECADENCIA CUBANA
Conferencia de propaganda renovadora pronunciada en la “Sociedad Económica de Amigos del País” la  noche del 23 de Febrero de 1924.
POR
Fernando Ortiz.

Señores:

Esta secular “Sociedad Económica de Amigos del País” no puede permanecer callada e inactiva en este gravísimo pe­ríodo que atraviesa nuestra patria, sin renegar de su luminoso pasado y sin afrentar la memoria de sus fundadores, grandes gobernantes y patricios cubanos, que en las tinieblas de una colonia negrera y absolutista supieron encender la llama de !a cultura nacional, y avivarla, y sostenerla cuando los embates de la tiranía y de la corrupción querían humillar y rendir la conciencia naciente de Cuba.
Así hubo de entenderlo esta corporación cuando hace pró­ximamente un año acordó que se confiara a quien entonces era su entusiasta presidente, el Dr. Raimundo Cabrera, la inicia­tiva de una alocución a los compatriotas, que animara las ener­gías latientes por la cultura y las vacilantes fuerzas de la fe cubana.
Obedeciendo a tal idea hubo de redactarse y ser dado a la publicidad, en Marzo de 1923, un llamamiento a los cubanos, cuyos eran estos párrafos que vais a oír:
“Nuestra patria está atravesando una pavorosa crisis. No es la crisis de un gobierno. No es la crisis de un partido, no es la crisis de una clase, es la crisis de todo un pueblo.”
“Con causas muy complejas que no toca analizar ahora; pero cuyas principales raíces son harto claras cuanto dolorosas, han ido socavando los cimientos de nuestras instituciones culturales con grave e inminente riesgo para todas las de la República.”
“EI analfabetismo aumenta en proporción terrible. La universidad se agita en convulsión de medular dolencia. Los demás antros de educación no responden a las exigencias de la civilización contemporánea. El porvenir de Cuba está, pues, minado por su base, y el mero dinamismo que rigen la vida de las naciones, bastaría para poder asegurar con doliente certeza el aciago derrumbe de las libertades cubanas, si la acción de los elementos extraños que entrechocan sus impulsos en nuestros mares, no hiciera aún más peligrosa una indefensión nacional debida a la incultura.”
“La debilitación de nuestras energías para las ineludibles contiendas que impone la conquista del progreso, va trascendiendo a otros órganos vitales de la Nación; y si el abandono de la cultura nos llevaría fatalmente a la pérdida del futuro libre, no puede silenciarse que ya en el presente ha carcomido instituciones troncales y nos lleva desechos algunos girones de libertad. Civilización y libertad son ideas que se compenetran y es inconsciencia creer que la libertad de un pueblo puede asegurarse sin el acrecentamiento de su cultura; como no es cierto que no se alcanza un alto nivel de civilización sin un heroico amor a la libertad.”
“En Cuba, más que otros pueblos, defender la cultura es salvar la libertad.”
“La “Sociedad Económica Amigos del País”, depositaria del culto a los grandes patricios nos dieron civilización, cree que en Cuba aun alientan poderosas fuerzas vitales, bastantes para que los cubanos podamos mostrar nuestra enérgica decisión de vivir como nación, sabiendo, queriendo, pudiendo conquistar nuestro porvenir por nuestra sola voluntad.”
“Sólo es preciso que los elementos cultos de nuestra nación
abandonen la pasividad infecunda del pesimismo y la desconfianza, y que fuera de toda idea partidista que desviaría los más nobles propósitos, organicen una regeneradora propaganda: avivando una fe, que el pueblo no ha perdido; implorando de las autoridades republicanas la creación de las escuelas que la libertad de nuestros hijos exige; llevando hasta las clases más abandonadas al anhelo de la cultura; reclamando la mayor eficiencia en todos los servicios públicos; robusteciendo en nuestra sociedad, por la fuerza incoercible de la opinión, el imperio del derecho y la efectividad de las sanciones jurídicas; y, en fin, dando a la sociedad cubana, y aun al extranjero que nos contempla, la sensación real de que Cuba tiene energías propias para asegurar su propio progreso y de que nuestra nación no ha de morir.”

“El porvenir de Cuba está hoy, como estuvo siempre, en poder de sus propios hijos. La fraternidad extranjera ha podido antaño y puede hoy día atenuarnos obstáculos y brindarnos colaboraciones estimables; pero no se salva pueblo que no se salva solo; ni puede nadie dar vida a una nación si ésta, en inconsciencia suicida, no quiere animar todas las energías de su ser.”
“La “Sociedad Económica de Amigos del país” suplica a todos los cubanos unos instantes de meditación, cuando allá en la santidad de los hogares, junto a la esposa que se ama y a los hijos que mañana serán nuestros jueces, puedan pensar, serenos y lejos de influencias y pasiones insanas, sobre lo que hemos hecho del gran legado nacional de nuestros padres v de si podremos trasmitirlo íntegro a nuestros hijos.”
“Y si el cubano medita acerca del triste futuro que a todos nos espera sin una inmediata acción salvadora surgirán de su ánimo vigores íntimos e insospechados y habrá, sin duda, de sentir impulsos hacia un movimiento renovador de las energías nacionales.”[1]
“Este llamamiento resonó en todos los ámbitos de Cuba y personalidades de las más representativas en el campo de la intelectualidad, las religiones y de la economía nacional respondieron  con aplausos. Catedráticos y escritores, prelados y estudiantes, obreros y rentistas, y las más cultas de las mujeres cubanas, testimoniaron sus adhesiones y su advertencia del peligro.”
Los temas referentes a nuestro retraso cultural fueron haciéndose de actualidad; nuevas organizaciones cívicas fueron surgiendo;[2] y más y más estudios técnicos demostraron el retroceso bochornoso de la instrucción en Cuba; otros analizaron aspectos no menos transcendentales de esta crisis; y llegó a formarse el convencimiento tristísimo de la creciente decadencia cubana; del pavoroso riesgo de disolución que corre la patria, y, lo que es más doloroso aún, de que los factores causantes de la misma siguen con desenfrenada insensatez arrastrándonos al abismo, y de que habremos de ser precipitados en él, si por un esfuerzo supremo de renovadora vitalidad cubana no logramos sacudir el peso de las infamias que están apartando a Cuba del fulgor de la civilización.
El alma cubana llegó a estremecimientos de indignación cuando al promulgarse una ley creadora de un nuevo monopolio contrario a las libertades económicas de Cuba y confiscatorio de ciertos intereses ferroviarios e industriales,[3] se descorrieron ante el extranjero los velos que cubrían nuestras lacras políticas, y pudo oírse la voz del anciano estadista, Mr. E. Root, ex-secretario de la Guerra de los Estados Unidos y autor verdadero de los preceptos de la Enmienda Platt, pedir a su gobierno, en un alegato forense, [4] la intervención americana en Cuba y la cesación de este gobierno cubano por la incapacidad de garantizar aquel respeto a los derechos cívicos, que en su forma especial es su obligación, por nuestro derecho público interno e internacional.
¡Dolorosos días aquellos del pasado estío!
De pronto pareció que la agudeza de la crisis iba a precipitar sucesos de trascendencia. Surgió en Cuba una organización cívica que todos creyeron revolucionaria,[5] y las otras propagandas de renovador civismo quedaron, naturalmente, en suspenso.
Mas, nada hubo de ocurrir, y tal parece que aquella tronada de Agosto fué capricho de Júpiter, pasajera perturbación de canícula, que comienza por horrísono retemblar de olímpicos rencores, y languidece al llegar el frescor de la noche, en fatuo e intrascendente relampagueo, que a veces aun quiere rasgar las densas negruras presentes con vivas llamaradas de promesas y de fe.
Hay en el ambiente una quietud de pesadumbre que acongoja, como esas calmas calaginosas y sofocantes que preceden a los ciclones.
¿Cómo puede el cubano vivir sosegado y feliz?
¿Es que rutila ya en lo alto el naciente sol de nuestro escudo? ¿Es, acaso, que la comente de los sucesos amenazantes ha desviado su curso? ¿O la podredumbre ha sido curada por misteriosos ensalmos? ¿Hemos salido ya do la estrecha torrentera a que hemos sido llevados por las tormentosas avenidas de nuestra historia? ¿Nuestra débil canoa no corre ya peligro de quebrarse en las rompientes que se nos enciman? ¿Es, para decirlo con locución bien criolla, que hoy no estamos ya, como ayer estuvimos, “al borde de la piragua”?
Retórica vana habría, de ser la que nos adormeciera di' nuevo en la soñera de la inconsciencia y nos hiciera olvidar por mentidos patriotismos, vanidades inconsultas o ingenuidades indisculpables, las tristezas de nuestros males mortíferos.
La sociedad cubana se está disgregando. Cuba se está precipitando raudamente en la barbarie. ¡Sí! Y hay que decirlo rotundamente, y repetirlo a diario por hogares y escuelas, por talleres y salones, para que el cubano sienta todo el horror de su porvenir y el bochorno de su abatimiento actual; para que todas las fuerzas sociales, vírgenes o no rendidas se alcen en cruzada de renovación patriótica, y exijan e impongan el cumplimento íntegro del viejo programa revolucionario cubano hoy olvidado, cuando no escarnecido; de aquel ideal que quería dar al pueblo una cultura, que hoy se va perdiendo, una moral pública y privada que se va disipando, y una robustez económica que se nos está yendo sin sentir; de aquel programa de las mambisas que cosieron la bandera para una nación con vida de gloria, no para mortaja gloriosa de un pueblo bueno, heroico, que no quiere, que no debe y que no puede morir.
No es antipatriótico reconocer las debilidades de nuestra vida nacional, para que el pueblo cubano recobre la conciencia de sus necesidades y pueda en uso de su soberanía quemar la podre que lo aniquila; ante al contrario, es maldad sin perdones callarle la verdad, fingirle bienandanzas, mentirle halagos, cariños y devociones.
Cuando la patria se pierde para nuestros hijos y agoniza clavada por la infamia de los padres, es crimen, abandonándonos al comodón, perezoso y timorato silencio de los que creen que ya han cumplido sus deberes si han lavado sus manos en el agua de Pilatos, o, peor aún, al desenfreno de los que rasgan las patrias vestiduras para repartirlas en botín de oprobio, mientras se grita ¡Viva Cuba libre!, como aquellos réprobos que crucificaron la Sublime Idea en un calvario, y saludábanla en escarnio ¡Ave, Rey de los Judíos!, y a sus pies ensangrentados jugaban a dados sus últimos ropajes le daban a beber el más amargo de los vinos, y hasta apremiaban a la muerte con certera lanzada pesimismo!
¿Diréis que alienta en estas palabras agobiante pesimismo?
¿Qué las negruras que nos rodean son hijas del delirio, fantasmas de ensoñación? ¡Oh, no! ¡Por desventura nuestra, no! Y lo vais a ver.
Pese a lo embrionario de nuestras estadísticas, éstas han bastado para graduar nuestra decadencia, para medir nuestra caída.   No   son   necesarios   instrumentos  de  mucha precisión cuando las variaciones son de gran escala. Y aun en aquellas actividades sociales todavía desprovistas aquí de apreciación numérica, son de tal naturaleza las desviaciones y los retrogresiones de la sana normalidad que el más inexperto puede sentirlas.
Comencemos por el examen de ciertos índices de nuestra instrucción popular. La cultura cubana está en grave riesgo de irse debilitando hasta poner en peligro la capacidad para el gobierno propio.
En estos tiempos en que las energías expansivas de la civilización aumentan su acción progresiva, merced a la rapidez de las comunicaciones, a la internacionalizan de la economía, a la difusión creciente de la prensa y de las ideas y al mayor dominio de las faenas de la naturaleza por la ciencia, cuando la humanidad se está desgarrando para engendro de nuevas civilizaciones, es peligro inminente permanecer en estado de semicultura, con una población sin técnicos, sin aristocracias mentales, indefensa ante las exigencias de la cultura universal, desdeñosa de sus ideas, incapaz de comprender las orientaciones contemporáneas y de incorporarse a las corrientes del progreso con valimiento propio. Hoy, como nunca acaso, son los pueblos más cultos los más fuertes, y sólo en la verdadera cultura puede hallarse la fortaleza necesaria para vivir la vida propia sin servidumbres.
En Cuba el 53 por 100 de sus habitantes no sabe leer y escribir.[6] Estamos en la escala de la instrucción por debajo de todas las Antillas inglesas, habitadas casi totalmente por negros.
Pero esa cifra revelaría tan sólo una situación de atraso, que podría ser transitoria y de remedio seguro, más o menos lento, si otros datos comparativos no nos mostraran lo pavoroso de nuestra impreparación, sin alivio alguno y de galopante anemia.
No progresamos, tampoco permanecemos en un estado de estancamiento; es que retrocedemos, es que estamos perdiendo civilización en proporciones tales que son ya apreciables por la estadística de un veintenio.
La instrucción pública está en retroceso tan grave que, si continuara, la próxima generación entraría en la categoría de los pueblos no civilizados.
Más de la mitad de los niños que según la Constitución debieran recibir una instrucción que es obligatoria, no van n la escuela. El 68 por 100 de los niños cubanos no entran en los colegios.
Como puso de relieve un pedagogo tan avisado como el Dr.  Ramiro Guerra, de “1907 a la fecha los analfabetos entre los adolescentes blancos ha sido de un 15 por 100 y entre los de color de un 22 por 100”.[7] En quince años, pues, el analfabetismo ha crecido en la misma proporción en que debiéramos haberlo disminuido, y aún con mayor premura, para ponernos en una generación al nivel de los pueblos americanos de consolidada civilización.
La pluma incisiva del buen amigo del país Sr. Carlos M. Trelles, ha penetrado bien en la llaga. En 1900 el 16 por 100 de la población cubana estaba matriculada en las escuelas, ¡gloriosa proporción que nos hacía sobrepujar a Noruega, a Francia, al Japón, a Australia!; hoy sólo se matricula el 9 por 100 ¡casi la mitad![8]
En 1900 asistían a las escuelas 75 alumnos por mil habitantes; en 1902, 72; en 1907, 63; en 1920, sólo 50 ¡una tercera parte menos! En 1900 concurría el 7.5 por 100, hoy el 5 por 100 tan sólo.[9]
Pero aún es más grave nuestra incuria, y no por culpa del Magisterio. Noventa y cinco (95) por ciento de los niños que asisten a la escuela salen de ella, según el Dr. Aguayo, en un estado tal de incultura, que acaso sea más perjudicial que el de la ignorancia completa. Y de cada cien niños ¡uno solo! Llega al quinto grado. De los ocho grados de estudios, 75 por 100 de los matriculados trabajan en los dos grados infieres y sólo el 25 por 100 en los seis restantes. En 1919, de un total de 234,000 escolares solo 25 por 100 terminaron sus estudios, o sea ¡el 0.30 por 100! Es decir que por cada 100 alumnos de instrucción primaria, ¡ni uno solo completa sus estudios, y sí uno solo por cada 215 niños![10]
Así es que nuestros infelices cubanitos salen del colegio, cuando han concurrido a él, a la edad de trece o catorce años, con una instrucción propia de los ocho o nueve, y no asisten después a ninguna otra enseñanza; simbolizando así el estado de la cultura nacional: república del siglo XX con mentalidad y hábitos de mediados del siglo XIX.
Desde que se formó la República, ni una sola casa escuela se ha construido en las poblaciones, y sólo unas ochenta en barrios rurales.[11] Las escasas escuelas de Cuba carecen de condiciones pedagógicas e higiénicas y cuestan de renta ¡$750,000 al año![12]
Solo hay una sola escuela rural en toda Cuba, nación agrícola, que merezca ese nombre, ni tampoco existe una sola escuela primaria superior para los adolescentes, y no tenemos en Cuba más que una escuela de Artes y Oficios, en la Capital, de insuficiente dotación.
Los negritos y los pieles rojas de los Estados Unidos tienen más instrucción que el pobre hijo de Liborio. Pensad en lo que todo esto significa. ¡Le estamos robando a Liborio más que su dinero y su tierra, su porvenir libre!
Lo decíamos ya hace un rato:
“Si continuáramos en ese estado de decadencia escolar y la próxima generación creciera tan impreparada como la que ahora llega, nuestras libertades carecerían en el futuro de su más firme sostén, el de la civilización, y Cuba vendría a ser como un gran batey de una empresa, que entonces no sería nuestra, y los cubanos no podríamos ser en el suelo que un día habría sido rico y solariego fundo de nuestros padres, sino humildes oficinistas o simples cortadores de caña ajena.”
“Si la instrucción, primaria es deficiente, la secundaria y la superior están en ruinas, y los centros complementarios o no existen o carecen de la trascendencia educativa que Cuba requiere; los Institutos, con planes inadecuados y sin orientaciones modernas, sin material ni gabinetes, sin profesorado bastante y con excesivos contactos con centros escolares privados, están acusados por la opinión pública de permitir a veces inexcusables y simoniacos favores académicos; y no responden ya en realidad a los requerimientos de una joven República que necesita aspirar la civilización contemporánea a todo pulmón.”
"La universidad ha mostrado no ha mucho hasta donde llegan sus dolencias, hasta la indisciplina de sus profesores que o no saben cumplir sus altos deberes y hasta la impotencia real de hacerlos cumplir, a que han llegado las autoridades universitarias y gubernativas. Y todo ello agravado por la perpetuación de unos planes de enseñanza forjados o deformados al conjuro de intereses personales; sin profesorado suficiente; sin materiales ni laboratorios, ni elementales ni de investigación; sin locales apropiados y con un régimen de admisión de estudiantes, de matrículas, de distribución de asignaturas y de lenidad de exámenes, que es fomentador del excesivo profesionalismo, uno de nuestros males muy senos.”
“Esta infecunda organización escolar contribuye a nuestro retroceso, en vez de constituir el tratamiento vigorizador que debiera asegurarnos un lisonjero futuro, pues en vez de educar al pueblo y darle armas para la vida, lo entrega inerme a las agresividades de las luchas económicas, y en vez de preparar un necesario grupo de verdaderos intelectuales, núcleo director de la sociedad cubana al frente de sus diversas clases, sólo es eficaz para producir una cantidad de profesionales realmente excesivos, que se esteriliza y pierde en gran parte, viviendo una vida de burocracia o lo que es peor en las depredatorias actividades de la política paritaria del día.
Si tal es la paupérrima condición de nuestras instituciones educativas y de la instrucción popular, veamos si podemos interpretar lo que nos dicen otras cifras, que bien pueden ser tenidas por coeficientes métricos de moralidad y de justicia.
Esta indispensable base de todo Estado civilizado, la justicia, está resquebrajándose en hondas grietas.
La República ha otorgado en sus primeros veinte años de existencia 16 leyes de amnistía,[13] en las que, fuera de los pocos casos justificables de delincuencia política, han sido beneficiados criminales de toda especie, no pocos de los cuales han podido así ocupar cargos públicos, y algunos han sido obsequiados con favores realmente individuales, sin una motivación genérica para encubrirlos.
Al compás de las amnistías ha sido el abuso de los indultos a los criminales de toda laya, favorecidos por la política o la familiaridad con los poderosos, no siempre esquiva, según la opinión pública, a solicitaciones interesadas.
La estadística es bien elocuente.
El Presidente Estrada Palma concedió un promedio mensual de 6 indultos, 46 Magoon, 29 Gómez, 30 Menocal y Zayas 33, más de un indulto diario.[14]
Y aun pudiéramos añadir, para nuestro sonrojo, que en materia de indultos, va en aumento el favor en pro de aquellos criminales de mayor temibilidad social, o sean los asesinos, es decir no los simples homicidas, sino precisamente los asesinos, entendida sea esta palabra en todo su macabro sentido legal. Lo dice el más insospechable de parcialidad, aunque el más acerbo de nuestros grandes diarios, la “Gaceta Oficial”.
Estrada Palma en 54 meses de gobierno agració a 6 asesinos. Gómez en 52 meses a poco más el doble, o sea 15; Menocal en 96 meses de presidencia, aproximadamente en proporción doble que Gómez, o sean 50; y Zayas, en sus primeros 25 meses de poder, indultó 55 asesinos, ¡más que Menocal en ocho años![15]
Y aún pueden estos últimos datos ser subrayados así. Si en los dos últimos años fiscales se han indultado 55 asesinos, si pueden calcularse, como en otros años de pública estadística, en solo un 26 por 100 las condenas que normalmente recaen sobre las causas radicadas por asesinato: debe pensarse que en dichos dos años el número de asesinos por la gracia presidencial favorecidos es una tercera parte mayor que la cifra de los asesinos condenados. Tiene más premura el Estado en perdonar que los asesinos en hacer morir.
La repugnancia que inspiran estos hechos se agrava aún sabiendo que no a piedades supersensibles ni a supremas finalidades sociales, débese al despilfarro de la gracia remisoria, sino a razone, de políticos, necesitados del concurso de sus naturales colaboradores, como se deduce fácilmente observando, según ya ha indicado Trelles, que en Octubre de 1916, el mes antes de las elecciones presidenciales, el Presidente Menocal concedió 231 indultos, y que en Septiembre de 1920, también inmediato a las elecciones presidenciales, otorgó 75 perdones de los cuales 19 en exclusivo favor de asesinos, a quienes indultó totalmente; y, en fin, que el Presidente Zayas en Octubre de 1922, otro mes antes de elecciones parciales, firmó 63 indultos, o sea alrededor del doble de su promedio mensual de gracias.[16]   Y así la Suprema magistratura del Derecho, ha venido convirtiéndose en Supremo patronato del crimen.
No es de extrañar, pues, que en las pasadas elecciones, más del 20 por 100 de los candidatos postulados por los partidos políticos tenían antecedentes penales definidos por fallo judicial ejecutorio.
No puede asombrarnos ya que el Congreso haya convertido la noble inmunidad parlamentaria contra el tirano en privilegiada impunidad contra la justicia. Ni que la Cámara de Representantes haya otorgado en toda su existencia, tres solas autorizaciones para encauzar a congresistas (tres de los varios casos de homicidios) y haya denegado unos 700 suplicatorios judiciales, también con escala creciente de fácil interpretación. Durante los cuatro años de Palma hubo 42 impunidades; 35 durante Gómez, ¡279! durante Menocal y ¡356! en los dos primeros años de Zayas. Aunque muchos de los suplícatenos se refieren a infracciones correccionales, el valor ético de la negativa no se altera.
Y aná1oga estadística ofrece el Senado.
Tampoco puede causarnos extrañeza que los cuerpos de policía, es decir, de cuidadores del orden, estén tan nutridos de delincuentes que el Gobierno, confesándose impótente para separarlos del servicio de vigilancia, ordenara no ha mucho que éstos no llevasen armas, quedando así sin fuerza material, los que ya habían perdido la moral, para imponer respeto a la ley.
¿Qué los indultos y amnistías brotan de la piedad? ¿Por qué entonces, ésta huye de las prisiones cubanas, “seminarios del crimen”, “causas, de delincuencia” según las han calificado varios de los fiscales del Tribunal Supremo. Sólo en limpieza son algunas excelentes. ¡Pero si los reclusos apenas hacen otra cosa que limpiar los suelos!
Decíamos en otra ocasión:
“Las prisiones de Cuba, aparte de una limpieza más o menos sostenida, no se han alejado técnicamente de la cárcel colonial, inmundo amontonamiento de delincuentes de todas clases y edades, y a veces hasta de sexos, donde las ideas de mejoramiento moral no tienen entrada, donde la ociosidad pudre y la convivencia contamina, y donde a menudo la autoridad explota y veja. Jamás los gobiernos han hecho nada práctico para borrar de Cuba esa vergüenza medioeval, y el pueblo, (pie conoce la ineficacia penal de las prisiones y observa en ellas la ausencia de los más conocidos criminales de Cuba, halla un nuevo estímulo para perder su necesaria fe en la justicia.”
“La justicia va dejando de ser el firme baluarte de toda sociedad republicana, aquí donde a pesar de sueldos deficientes y muy escasos estímulos, no faltan Magistrados probos y cultísimos."    
“En el nombramiento de Jueces y Magistrados intervienen con culpable exceso los intereses, políticos, y, con triste postergación de funcionarios íntegros y capaces, han sido elevados a las más altas magistraturas nacionales letrados de actividades torcidas por las pasiones de la política o de prestigio profesional no bien consolidado en el foro; y este factor disolvente actúa desde el Tribunal Supremo basta la última categoría judicial.”
“La corrupción, que ha cundido por todas las esferas administrativas, no ha perdonado la administración de justicia y con desconsoladora frecuencia, la lucha del foro, más que abierto torneo de criterios jurídicos, tenebrosa emboscada de cohechos.”
"El Ministerio Público se ha significado por su ineficacia en la persecución de los más grandes criminales, y su organización dependiente del Poder Ejecutivo lo ha ido llevando a desviar su acción, cuando ha encontrado a su paso delincuentes gubernativos o políticos, y, en general, a una gran lenidad en el ejercicio de sus altas y nobles funciones.”
“Esta ineficacia creciente de las instituciones judiciales se agrava por la vigencia de leyes de procedimiento anacrónicas de trámites dilatorios, de preceptos formulistas de excesiva letra y raquítico espíritu, que nos dan a veces una aparente justicia exclusivamente legalista basada en el cumplimiento de la ley, y en realidad contraria a toda mi equidad y fundamental derecho.”
La escasa estadística conocida parece probar que de cada 100 causas iniciadas por asesinato, homicidio o disparo de arma de fuego contra determinada persona, se obtienen aún menos de 27 condenas, y de cada 100 radicaciones por la totalidad de los delitos, solamente se alcanzan unas 14 sentencias condenatorias (sólo 11.20 por 100 en 1914)[17] mientras, en los pueblos no enfermos el promedio suele ser del 50 por 100[18] y aun inspira la demanda de constantes mejoramientos policiacos y procesales.
Y así, por actos del Gobierno, del Congreso y de los Tribunales, ha ido formándose en nuestro pueblo la que pudiéramos llamar “conciencia pública de la impunidad”, la triste cuanto arraigada convicción de que en Cuba no hay sanción para los crímenes y delitos, y que las exigencias de la moral, de la religión y de las leyes no rezan para los altos políticos ni para sus insignificantes protegidos, con evidente y fatal debilitamiento de la fe popular en las instituciones republicanas de nuestra patria.
¿Pero  la  estadística criminal no nos demuestra, acaso cuáles son las consecuencias de esa conducta? Limitándonos a los parciales y escasos datos publicados por las autoridades y rebuscando en el expedienteo de las oficinas, hemos logrado recoger algunos elementos muy expresivos, referidos exclusivamente a los delitos de más indubitada interpretación sociológica, o sean aquellos contra las personas (parricidio, asesinato, homicidio, disparo, de arma de fuego y lesiones), contra la propiedad  (robos, hurtos, estafas, falsificaciones de documentos públicos y privados), y contra la honestidad (violación y abusos deshonestos, estupro, corrupción de menores y rapto).
Del examen de las cifras radicadas en los nueve últimos años por los Juzgados de Instrucción de la República, es decir, sin calcular ni un solo delito ni una sola jurisdicción correccional pueden deducirse estas conclusiones de gran bulto.
La delincuencia aumenta en Cuba de un modo vertiginoso, en una proporción, englobando todos esos cálculos, mayor que la del crecimiento de la población nacional, que en cifras aproximadas y redondas puede fijarse a razón anual de un 3.5 por 100, mientras alcanza a una proporción diabólica el incremento de la criminalidad.
Analicemos brevemente. Si los parricidios y asesinatos se mantienen en este último novenio sin variante especial, los homicidios, 277 en 1914, suben a 755 en 1922-1923, en proporción apreciada grosso modo de más de un 20 por 100 cada año, notándose una disminución a partir de 1920-21, el terrible año de la ruina y hervor electoral, cuando alcanzamos la cifra de 893 homicidios. El crecimiento de esto sería, pues, unas seis veces más rápido que el de la población de la República.[19]
Los delitos de parricidio, asesinato y homicidio juntos, o sean las occisiones criminales (aun prescindiendo de que muchos de esos delitos, al frustrarse, suelen desaparecer bajo el epígrafe legal de los disparos de arma de fuego) ascendieron de 357 en 1914 a 833 en 1922-23, en una rapidez aproximada de 15 por 100 anual, o sea de cinco veces la de la población.
Tenemos unos 269 casos de occisiones por cada millón de habitantes, mientras eme en los Estados Unidos, país de los más castigados por el homicidio, la proporción es de 85, una tercera parte.
Esta comparación muestra cuan bárbaro desprecio tenemos a la vida humana y cuan inaplazable es la necesidad de dar una batida enérgica a la criminalidad.
Los disparos de armas de fuego contra determinadas personas se duplican en cinco años, o sea: de 380 en 1917-18 pasan a 759 en 1922-23, a razón ¡del 20 por 100 anual! Este delito, como el de homicidio, que le es tan próximo, crece de seis veces más de prisa que la cifra de los habitantes de Cuba.
Si sumamos los disparos a las occisiones, ocurridos en 1922-23, y recordamos el escaso uso del arma blanca entre nosotros, podremos afirmar que cada día del año cuatro habitantes de Cuba pagan su tributo a la barbarie, significada por el imperio de S. M. el Revólver.
Los delitos de lesiones denunciados, sin calcular los de la competencia de los Juzgados Correccionales, fueron 1,241 en 1914 y 2,467 en 1922-23, con un aumento próximo al 13 por 100 anual, cuádruple del demográfico. Todas las cinco clases de delitos de sangre agrupadas en el esquema estadístico citado presentan un aumento promedio anual del más del 11 por 100, mientras que el de la población, recordémoslo, es sólo un tres y medio. Es decir, que en Cuba la criminalidad de sangre, la violenta, la más atávica, progresa, si esto es progresar, tres veces más que la cifra total de los habitantes de Cuba.
Volviendo a las occisiones delictuosas, digamos que en 1920-1921 llegaron a la estupenda cifra de ¡982! En 1914 tuvimos unas 148  muertes criminales por millón de habitantes, en 1917-18 ya alcanzamos aproximadamente unos 246 por millón de almas, y; en 1922-23 llegamos a 269, habiendo saltado en 1920-21 hasta unas ¡339 occisiones por millón!
Dicho sea en otra forma. En la actualidad (1923) anualmente, de cada mil habitantes de Cuba, ¡más de uno!, muere o ha corrido el peligro mortal por obra delincuente. Esto es pavoroso, hay que acudir a la Calabria y a Sicilia de hace cuarenta años para hallar tales proporciones.
Los delitos contra la propiedad crecen también desproporcionadamente a la marcha de la población. Los robos, denunciados. 2,332 en 1917-18, son ya 3,449 en 1922-23, mostrando un crecimiento a  razón del 10 por 100 anual. Los hurtos no acusan aumentos extraordinarios, pues fue-ron 2,134 en 1917-18 y son 2,353 en 1922-23, si bien 1920-21 dan un salto hasta ¡4,033!, así duplicándose en un solo año, por coincidencia, también de elecciones y de la conmoción económica. En cambio, las estafas aumentan de 1,273 en 19717-18 hasta 2,038 en 1922-23, en proporción más del duplo de la del desarrollo de la población.
Puede decirse sistemáticamente que los delitos contra las personas aumentan a razón mayor del triple que la proporción del crecimiento del número de habitantes; que los delitos contra la honestidad a razón del doble, también. Es decir, y véase la gravedad del caso cubano: la criminalidad aumenta en intensidad, y de ella aumenta más la delincuencia más grave, decir, la más ruda e incivil, la de más temibilidad social. Y aun se ve, para más negrura, que entre los delitos económicos, el que más se intensifica es el robo y entre los de sangre los que más crecen son los de homicidio y disparo contra persona, en proporción aterradora. Todo ello demuestra, si recordamos las geniales teorías que expusieron Lombroso y Nicéforo sobre la evolución de la criminalidad, que también nuestra delincuencia va perdiendo su cultura, va retrogradando, haciéndose más violenta y primitiva, en vez de más astuta y progresista, como en los demás países del mundo de cultura normal. Si “cada pueblo tiene la criminalidad que merece”, según parafraseó Lacassagne, Cuba cada año está mereciendo unos delincuentes peores. No es totalmente cierto, como muchos profanos e ilusos han dicho, que por cada escuela que se abre se cierra una cárcel, porque la ignorancia no es la única concausa de la delincuencia ¡pero es seguro que las escuelas disminuyen los asesinatos, homicidios, disparos y robos y que, al conjuro de la ilustración, también los criminales progresan y su temibilidad social es menos trascendente.
Si del campo de los actos antisociales que merecen la acción primitiva del Estado, pasamos a los que simplemente obtienen sanción moral de la sociedad, el cuadro cubano es igualmente desconsolador.
El juego por su extensión y publicidad es ya una afrenta al decoro nacional.
La estadística no puede darnos el número de rifas, loterías, apuntaciones, chivichanas, bolitas y juegos prohibidos que existen por tolerancia y comensalismo gubernativos; pero las casas de juego son actualmente públicas en Cuba Y no sólo en las grandes poblaciones, pues hasta el ignorante guajiro tienden sus tentáculos el vicio, tanto que vuelven a ser de triste actualidad aquellos atinados juicios y protestas de José A. Saco en su famosa y casi secular “Memoria sobre la vagancia y el juego”, que escribiera para esta misma “Sociedad Económica de Amigos del País”.
Esta libertad de garitos; unida a la lidia de gallos, a la loterñia del Estado, con sus secuelas corruptoras de colecturías y botellas, y a los juegos de pelota, carreras de caballos y centros mal llamados, fomentadores del turismo, hacen que los explotadores de los turistas y de los cubanos, anuncien a Cuba en el extranjero con el apelativo de Montecarlo de América, para vergüenza nuestra y provecho la protegida tahurería.
Tampoco la estadística puede brindarnos, después de la prostitución reglamentada, una indicación del incremento ésta, pero no cabe desconocer su intensidad y su exhibición denigrante, hasta hacer que algunos inocentes programas de atractivos para viajeros, anuncien un paseo a cierta calle de santo nombre e inmundo ambiente, como una excursión de las más características y típicas de las costumbres y cosas de capital de nuestro país.
Subraya esta creciente corrupción el incremento de los delitos contra la honestidad, desde 1,564 en el año 1914 a 2,903 en 1922-23. Y mientras los delitos violentos de esta categoría, o sean la violación y el estupro, permanecen estacionario el primero y en disminución el segundo, la corrupción de menores cuya tristísima trascendencia no hay que recordar, pasa de 22 casos en 1912 a 96 en 1922-23, ¡el cuádruple en diez años! EI el rapto, que como delito puede ser apreciado con criterio diverso del Código, pero que como fenómeno no puede por cierto llegar a tenerse como indiferente a la ética, acusando por lo menos una anomalía en la solución moral de las aproximaciones conyugales, ha aumentado desde 1,241 casos, en 1914, a 2,467 en 1922-23, o sea en razón casi cuádruple del crecimiento de la población.
Pero aun debemos a la fría estadística otras cifras, que son también como índice desconsolador de nuestro estado penoso de abatimiento.
En 1899-1900 se suicidaron en Cuba 133 personas, y en 1917 nada menos que ¡800! ¡Más que sextuplicado el suicidio en 17 años! Y en 1922-23 esas desgracias suben a ¡985! ¡Más que septuplicada en 22 años! O, lo que es igual, la creciente proporción de suicidios viene a ser de 328 por millón, mientras que el Estado de New York, a pesar de su vida agotante, sólo llega a 132 por millón, y en la totalidad de los Estados Unidos la escala de suicidios es descendente, de 160 casos por millón, en 1912, a 126 en 1921. Los habitantes de Cuba tienen ocho veces más deseos violentos de morir que los vecinos del Norte; aquí, donde todo debiera ser himno a la vida.
Estos perfiles no pueden ser borrados por esta otra lisonjera observación que nos agrada precisar.
La proporción de extranjeros condenados es siempre mayor que la de cubanos. En 1915 (último dato obtenido) del número de ejecutoriados por las Audiencias 2,070 eran hijos de Cuba y 516 de allende el mar; y de los castigados por la justicia correccional 5,693 eran cubanos y ¡2,590! extranjeros.[20] Como quiera que la proporción de la colonia extranjera no pasa de ser (1919) el 11.7 por 100 del total de habitantes,[21] el dato antecedente puede ser un consuelo, que, sin embargo, no reduce las culpas nacionales causantes de tal ambiente criminógeno; aun cuando nos conforta para dar alientos a esperanzas de mejoramiento, ya que, indudablemente en ese asunto vital de la criminalidad, como en otros, lo peor de Cuba no es el pueblo cubano.
Este intolerable descenso en los órdenes intelectual y moral no puede ser encubierto por las recientes satisfacciones de la prosperidad económica. Es cierto que el ventajoso precio del azúcar y del tabaco en estos últimos tiempos, ha hecho renacer en muchos el optimismo de hace apenas un lustro, cuando las ganancias locas de los días de la guerra.
Pero aparte de olvidarse con frecuencia lo experimentadamente inestable de nuestra economía nacional, así la privada como la pública, basadas aquélla en una sola industria agraria y ésta en un impuesto básico arancelario, es lo cierto que por de ras de los cañaverales y del humo de las tumbas y foguereas del monte virgen pueden nuestros ojos observar como los enriquecimientos individuales no logran desvirtuar la significación de los siguientes hechos, de importancia indubitada para la vida republicana de Cuba.
La importancia económica del extranjero en Cuba ha ido creciendo más y más. Aunque la estadística es también inconcluyente en este aspecto culminante de nuestra vida económica, puede hoy calcularse, según opina personalidad tan autorizada en estos estudios como el Sr. Aurelio Portuondo, que las dos terceras partes de la industria azucarera de Cuba son americanas, quedando el resto para los cubanos y para los españoles que en el campo de la economía pueden considerarse aquí como nacionales.
Según datos registrados por el Censo de 1919 acerca de la producción de la zafra de ese año, sólo el 27.4 por 100 de aquélla fué de centrales cubanos, el 13.9 de españoles, el 56.1 de otros extranjeros, y el 2.6 de compañías cubano-americanas. De modo que ni la tercera parte de la industria sacarifica está controlada por ingenios realmente cubanos.
Otras observaciones de la zafra de 1920 demuestran que de 25,903,665 sacos de azúcar de 325 libras, 14,990,023 sacos eran de compañías americanas, o sea el 57.8 por 100, y si se añaden otros 3.125,107 sacos de ingenios financiados por americanos, el total de sacos controlados por americanos fué de 18,115,132 o sea el 69.9 del total de la zafra,[22]
Y los ingenios de más capacidad, mejor equipados y con más reservas de tierras nuevas acaparadas, son los americanos Los ingenios americanos alcanzan en 1921 un promedio de producción por ingenio, de 203,538 sacos, los ingenios cubanos un promedio de la mitad o sean 104,355 sacos, y los centrales de españoles llegan a 114,291 sacos.[23]
Es verdad que, en cambio, puede estimarse que el 95 por 100 del total de las colonias o plantaciones cañeras pertenecen a  hispano-cubanos, pues exceptuando dos grandes centrales americanos que siembran por administración toda su caña, en los demás no sucede así.[24] De estos datos tendríamos, y ello es realmente confortante, que recordando como el valor de toda la producción azucarera puede dividirse en dos mitades, una para el batey o industrial, y otra para el campo o agricultor, el americano tendrá alrededor de un 35 por 100 del total de ese valor y un 65 por 100 los hispano-cubanos.
Pero, considérese que por el régimen de contratación agraria al uso, el central generalmente financia al colono, posee la tierra le manipula y le vende los azúcares y lo controla, en fin, se verá cuan trascendente es para la economía nacional el efectivo predominio del extranjero en los medios de producción, aparte del significado de las utilidades, que en forma de dividendos para sus acciones se ausentan a cada zafra del país.
Sería interesante conocer la extensión de territorio cubano que ha pasado al dominio privado de empresas extranjeras; pero no hay estadística fehaciente que nos lo diga. Nos hemos pasado años clamando ¡la tierra se nos va! y nuestros gobiernos ni siquiera han distraído su atención en observar ese fenómeno y en traducirlo clara y públicamente a números.
En 1920 se atestiguó, con una base bastante analítica, ante el Senado Americano que las compañías azucareras americanas poseían en Cuba, en dominio o arrendamiento, 4.459,407 acres de tierra.[25] Esta cifra no es totalmente exacta y debe de ser algo menor, porque comprende alguna compañía que, aunque legalmente americana, es decir, domiciliada en los Estados Unidos, está dominada por los tenedores hispano-cubanos de sus acciones; ni se calculan los accionistas cubanos de algunas empresas americanas; pero atendiendo a que en esa estadística no se incluyen las otras propiedades, podemos aceptar provisionalmente aquella cifra, y deducir a su vista, que de los 107,924 kilómetros cuadrados que tiene la isla de Cuba, unos 18,045 kilómetros son de propiedad o control americano es decir el 16.72 por 100 del territorio nacional, o sea una extensión aproximada a las de las provincias de Matanzas y Habana, conjuntamente, incluyendo en ésta a Isla de Pinos. Y si se tiene en cuenta que esas tierras son en gran parte de las dedicadas al cultivo y, por tanto, de las de mayor valor, podrá comprenderse el real significado de ese porcentaje de tierra.
No todos esos terrenos están sembrados de caña porque se ha calculado que para la zafra de 1919 debieron de haber solamente unos 2,203,603 acres[26] o sean unos 8,916 kilómetros cuadrados de cañaverales, equivalentes a la mitad aproximada de la extensión de aquel territorio extranjerizado; y es natural que en la otra parte sin cultivo entre las tierras ocupadas por bateyes, potreros, montes, sabanas, ríos, lagunas, caminos, guardarrayas, ferrocarriles y las grandes reservas de terrenos vírgenes que han adquirido las nuevas grandes compañías azucareras de Vueltarriba; pero, indudablemente, son todos campos de los más feraces de Cuba, el asiento de su riqueza, y por ello, ese porcentaje de tierra tiene un significado no compensable con una extensión igual del resto del territorio.
Y las minas son extranjeras.
Y los ferrocarriles son extranjeros, aun los más pomposamente exhibidos como de compañías cubanas. Y los teléfonos. Y los muelles. Y, sobre todo, los bancos, ya que bien pocos de los que había hispano-cubanos, han logrado resistir el sacudimiento de 1920.
Todo esto, sin analizar las transformaciones económicas y agrarias que tienden a convertir al antes soberano sitiero en dependiente o bracero a tarea o a jornal; y soslayando el complejo, cuan riesgoso problema, que va surgiendo del creciente latifundismo, que en el siglo XX puede casi reproducir el fenómeno de las llamadas manos muertas conventuales, con territorios tan extensos que en otros países serían provincias, con campos que son horizontes, con bateyes que son ciudades, con ferrocarriles, muelles, tiendas, hoteles, viviendas, servicios urbanos y hasta espectáculos, controlado todo ello por una sola voluntad privada y con frecuencia movida por impulsos centrífugos y disociadores de los núcleos centrales y órganos soberanos de la Nación.
¿No son estas amarguras, bien ciertas, que no pueden ser endulzadas por las cataratas de guarapo de los trapiches cañeros de Cuba?
Amén de otras consecuencias, esto significa que el capital activo y dominante en Cuba, por generoso y altruista que lo imaginemos, no siente, ni puede naturalmente sentir, el patriotismo propio del nativo; ni sacude sus fibras ese amor de patria, que lleva a la acción por una idea y hasta al sacrificio. Los ingenios de hoy no serían quemados por sus dueños como aquellos de la Guerra de los Diez Años. Por esto el capital, en Cuba como en gran parte de la América Latina, no es una fuerza social íntegramente conexa a las demás que determinan la vida de la Nación; no se siente solidario de los dolores patrios; y, así, no pocos vicios y corruptelas dejan de ser briosa y eficazmente combatidos cuando no estimulados, y muchos tiranuelos y gobernantes incapaces e insanos logran a pesar de sus fechorías una estabilidad que sería imposible donde el capital no sólo es una fuerza económica, donde no sólo el bolsillo es órgano sensorio, sino donde, también, de consuno y a veces predominante, lo es el corazón. La trascendencia nociva de esta natural falta de vibración patriótica en uno de los más fuertes elementos de toda sociedad moderna, es incalculable.
Si esos aspectos ofrece la economía individual y colectiva, ¿no vemos en la oficial el poco halagador crecimiento de los presupuestos, que en veinte años más que quintuplican su cuantía, sin una correspondiente eficiencia en los servicios administrativo?[27] ¿Y no ha crecido la deuda nacional a gigantescos saltos para cubrir titánicas dilapidaciones de caudales públicas por personajes de aun sonriente impunidad?[28] ¿Qué provece constructivo han dejado a Cuba los ocho empréstitos contraídos en veinte años por ciento sesenta millones de pesos? ¿No se han votado cuatrocientas leyes de donativos y pensiones? ¿No se han promulgado más de 250 leyes de obras públicas? ¿Y éstas dónde están? ¿Dónde están los acueductos? ¿Dónde están los caminos?
En carreteras bien poco hemos aprovechado, a pesar de que constituyen la obra más cubana, la más beneficiosa para la vitalidad económica del nativo, que valoriza sus tierras, que abarata los transportes, que moviliza las poblaciones aisladas del interior, que lleva civilización al campo, que nacionaliza a Cuba. También, pues, en materia de vialidad pública, que es una forma innegable de civilización progresiva, hemos retrogradado. El Presidente Palma construyó un promedio de 8 kilómetros de carreteras por cada año de su gobierno, el Gobernador Magoon 303 kilómetros al año; Gómez 125 kilómetros anuales y Menocal sólo 57 kilómetros por año, a pesar de haber gastado en un sólo ejercicio fiscal la embriagante suma de $136.000,000, unos $600.000,000 en esos ocho años, y de haber pagado tales míseras obras por un precio siete veces más alto que en tiempos del honorable primer presidente.[29]

Y por si todo esto no fuera ya sobradamente ominoso, el Estado en vez de inyectar en la población sangre de los pueblos más cultos y enérgicos, para activar la fermentación de ideas y dar todas las nuevas irisaciones de la civilización contemporánea a nuestra sociedad opaca, ha fomentado la pública y clandestina inmigración de los peores y más inciviles factores de poblamiento, contra cuya entrada y arraigo combatieron por casi un siglo esta centenaria “Sociedad Económica de Amigos del País” y los estadistas y patricios que en ella se refugiaban; no llegando entonces ni a imaginar siquiera, que precisamente al ser ya libre Cuba y libre el esclavo, los gobernantes cubanos iban en pocos años a reproducir en mal de Cuba aquellos mismos entuertos inmigratorios que fueron estigma de Tacón, Espeleta, Roncali, Concha y demás altos contrabandistas de etiópicos bozalones y asiáticos inabsorbibles, con sus viruelas, paludismos, fetiches, opios y miserias.  
Mirad, pues, cubanos que habéis tenido la paciente bondad de escucharnos, cuáles son los índices de la visible decadencia intelectual, moral y económica de la suciedad de Cuba, y pensad si no merece muy detenida y amorosa atención esta creciente debilidad medular de nuestra patria, cuyo remedio no admite demora.
Y es por tanto más apremiante el esfuerzo que la Patria nos reclama, por cuanto los dolorosos aspectos del presente han creado en ciertos ambientes la sensaci6n tristona de que en Cuba todo está envilecido y de que nuestro pueblo no cuenta ya con elementos propios para regenerarse. Y contra esta opinión, que va propagándose con peligrosa rapidez, dentro y aun fuera del suelo nativo, debemos reaccionar todos los cubanos conscientes, desde el Poder o bajo de él, dentro y fuera de los partidos, en las corporaciones culturales y económicas, en las escuelas en los templos, en las fábricas y en los hogares, donde quiera que haya un alma cubana que sienta los bochornos patrios  y experimente santa indignación ante las consecuencias que en el porvenir habrá de traernos este intolerable estado de degeneración pública.
La nueva Junta de Gobierno de la “Sociedad Económica de Amigos del País” ha recibido de su antecesora el compromiso de continuar la tradición centenaria de la corporación, en el grado en que pueda permitirlo la modestia de sus fuerzas, y cree cumplir con su deber iniciando estas “velados cubanas”, brindando en ellas ocasión y estímulo a todos aquellos compatriotas que conscientes del grave momento que nos angustia puedan contribuir con sus ideas y sugestiones a formar cabal juicio de nuestros males y de lo virulento de su dolencia, y ayuden a orientar aquellas actividades del pueblo cubano, que sean indispensables para obtener un apronta y enérgica reacción, que nos salve de la peor de las muertes.
Y no perdamos la fe en el porvenir patrio. Los elementos adinerados nacionales o extranjeros, no tardara en comprender, para decirlo en frase de ellos, que “no hay negocio bueno con gente mala”, y que la continuación de esa inveterada y culpable costumbre de sometimientos, transigencias, debilidades y tolerancias con los malandrines, de indiferencia, cuando no de tímido alejamiento, de los debates públicos, sólo puede apresurar el desastre de todos, perpetuar el apoderamiento los destinos patrios por los insolventes de todo valor y abandonar el timón de la nave cubana a quienes debieran remar en ella como galeotes. El lenguaje del egoísmo llegará a decir a los capitalistas más que lastimeras imprecaciones que no siempre entienden y a menudo no quieren escuchar. El revuelto río de estos tiempos que corren podrá ofrecer a los promotores intrépidos y a los mercaderes de escrúpulos dudosos ganancias de fácil pesca; pero sin una verdadera consolidación nacional, mediante el restablecimiento del impulso progresivo en nuestra sociedad, no podrá consolidarse tampoco la riqueza de Cuba, aquí donde la naturaleza y la civilización harán un día que éste sea, como debe ser, el país más rico del orbe.
No, no perdamos la fe en el porvenir patrio. Aún quedan en Cuba, aunque escasas y maltrechas, algunas reservas mentales, y soldados de historia laureada, militantes y sinceramente idealistas, que pueden servir de núcleo para reconstruir el desaparecido patriciado cubano que nos dio civilización y libertad, cuyos grandes hombres asisten en efigie a esta velada, para estímulo y ejemplo.
Aún nos queda una briosa juventud cubana, fuerte e incorruptible como el guayacán; la que está germinando altiva en la Universidad por entre los caídos troncos; la que emigra anualmente a tierras extrañas para traernos de sus invernadas escolares rojos glóbulos de energía y cultura que han de animar la nueva Cuba; y esa juventud obrera que al impulsar su vitalidad por conscientes y constructivas orientaciones logrará ser la más dinámica de nuestras fuerzas; y esa trabajadora juventud guajira, que movida por nobles ambiciones de personal independencia estrecha a la amante tierra      un patriótico orgasmo, que hace nacer alrededor de la palma real de nuestro blasón republicano 9,000 kilómetros de cañaverales; y, en fin, esa juventud de soñadores, poetas, literatos, artistas, espíritus de santas rebeldías, hijos de los mambises, hermanos de sacrifico y martirio, que siempre han iluminado nuestra latina historia con el centelleo de su genio.
Y contamos con la virtud, inteligencia y carácter de la mujer cubana, de esa mujer cuya honradez, ninguna otra supera; cuya parte en la criminalidad no llega aquí ni a un 2 por 100 de la total, proporción acaso la más baja del mundo; cuya inteligencia ha dado nombres de universal resonancia a nuestra literatura; y cuyos vigores cívicos, sublimados por la ternura, son orgullo de nuestras compañeras de hoy como lo fueron de nuestras abuelas mambisas, aquellas matronas mambisas de la guerra de Céspedes y Agramonte.
Con el impulso unido de esas positivas fuerzas cubanas, será posible que la Nación se reconquiste a sí misma, recupere estos pasados lustros perdidos en desvarío y locura, y haga revivir el mortecino ideal de los libertadores, terminando aquí la revolución nacional que ha un cuarto de siglo fué interrumpida, la de las conciencias, para restaurar el respeto a la justicia, consolidar la prosperidad y la riqueza nuestra, y fortificarnos con todas las armas de la cultura, mediante el único programa capaz de renovar a Cuba y darle nueva virilidad de gloria; abriendo cárceles para el pasado, carreteras para el presente y escuelas para el porvenir.
Digámosle hoy al pueblo y a los gobernantes de Cuba lo mismo que Martí dijera a los de España, hace ya medio siglo:[30] “La honra puede ser mancillada. La Justicia puede ser vendida. Todo puede ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás. Salvadla en vuestra tierra, si no queráis que en la historia de las naciones de este mundo la primera que naufrague sea la vuestra. Salvadla, ya que aún podría ser nación aquella en que, perdidos todos los sentimientos, quedase al fin el sentimiento del dolor y el de la propia dignidad.”         

He dicho.           

23 de Febrero de 1924.

 

[1] Este llamamiento a los cubanos fue publicado por varios diarios y puede leerse íntegro en la Revista Bimestre Cubana. Habana. Vol. XVIII. Año 1923
[2] Entre otras la Junta Cubana de Renovación Nacional, cuyo manifiesto del 2 de abril de 1923 fue reproducido por la prensa y por la Revista Bimestre Cubana, Vol. XVIII. Año 1923.
[3] La llamada Ley Tarafa
[4] Memorándum forense elevado a la Secretaría de Estado de los Estados Unidos por la firma de abogados de New York, Mssts, Root, Clark, Buckner & Howland, a cuya cabeza figura Mr. Elihu Root. El informe ha sido impreso en inglés bajo el título The Tarafa Bill. En otro memorándum suplementario de fecha 1 de Octubre de 1923, es decir después de promulgada la Ley Tarafa, se insiste en la petición intervencionista.
[5] La titulada Asociación de Veteranos y Patriotas
[6] Censo de Población de 1919
[7] Ramiro Guerra. Un programa nacional de acción pedagógica. Habana. 1922
[8] Carlos M. Trelles. El progreso y el retroceso de la República de Cuba. Matanzas. 1923
[9] Carlos M. Trelles. La instrucción primaria en Cuba comparada con la de algunos países de América, Asia, África y Oceanía. Habana, 1924. Se publicó en Cuba Contemporánea (diciembre de 1923)
[10] Ramiro Guerra. Ob. cit.
[11] Ibídem
[12] Ibídem
[13] “Gaceta Oficial”
[14] Carlos M. Trelles. Ob. Cit.
[15] Carlos M. Trelles. Revista Bimestre Cubana. Vol. XVIII. Año 1923.
[16] Carlos M. Trelles. Ibídem
[17] Anuario publicado por la Secretaría de Justicia. 1914-15
[18] The World 1924. Almanac and Book of facts
[19] Los datos estadísticos de la criminalidad en Cuba, están tomados de las siguientes publicaciones oficiales: Memoria (le Estadística Judicial. Quinquenio 1909 al 1913. Habana. 1915. —Anuario de Estadística Judicial y Penitenciaria. Bienio de 1914-1915. Habana. 1917. —Memorias de los fiscales del Tribunal Supremo, correspondientes a 1899-1900 y 1900-01, 19l8, l919, 1921, 1922, 1923. (Las memorias de los años intermedios o no llevan estadística o no fueron publicadas.) Debemos consignar un aplauso al Sr. Dr. Cristóbal Laguardia, único Secretarlo de Justicia que se ha ocupado de hacer y publicar estadística judicial. Los datos comparativos de la delincuencia y suicidios americanos, están tomados de las estadísticas del Dr. L. Hoffman. The Spectator. N. Y. y de los datos oficiales recopilados por The World 1924. Almanac and Book of facts
[20] Anuario de Penitenciaria y Judicial. 1914-15, de Secretaría de Justicia.
[21] Censo de Población, 1919
[22] Henry A. Rubino. American Capital invested in the sugar industry of Cuba.  Es  un  documentado informe presentado el 19 de Diciembre de 1921 al Comité de Finanzas del Senado de los EE.UU. por ese hombre de negocios. Publicóse en The Economic Bulletin of Cuba.  Habana.  Vol. I. pág. 5 y siguientes.
[23] Informe de Mr. John Rogers ante el Comité de Finanzas del Senado de los Estados Unidos. Puede leerse e The Economic Bulletin of Cuba. Habana. Vol. I. pág. Esos datos están basados en Poor & Moody. Manual of Industries.
[24] Cálculo del Sr. Aurelio Portuondo, representante de la “Asociación de Hacendados y Colonos” en la “Comisión Comercial Cubana”, que, en 1921, informó ante la Secretaría de Estado de los Estados Unidos.
[25] Rubino. Ob. Cit.
[26] Censo de Población, 1919.
[27] Los gastos del Tesoro Público pueden verse  por  estas cifras desde 1902 a 1920, según cálculos de Carlos M. Trelles:
Año
Presupuesto
Pesos por habitante
1902 (Palma)
$ 14.900,000
$ 8
1909 (Gómez)
33.825.000
15
1914 (Menocal)
41.828.000
17
1919 (Ídem)
67.400.000
23
1920 (Ídem)
136.000,000
45
El Gral. Brook (1899) gastó en 1 año          
$ 14.000 000
El Gral. Wood  (1900-01) gastó en 2 años
40.000 000
El Pte. Palma gastó en 4 años
88.000 000
El Gob. Magoon gastó en 2 años
83.000 000
El Pte. Gómez gastó en 4 años
140.000 000
El Pte. Menocal gastó en 8 años
600.000 000
 
$965.000,000
Menocal gastó, el solo, más que todos sus predecesores, aun sin calcular lar la enorme deuda pública de cerca de $70.000,000 que dejó sin pagar ni legitimar.
En este cálculo no entran los gastos de provincias ni municipios, por lo que puede opinarse que Cuba de 1899 a 1920 gastó más de mil doscientos millones de pesos. Actualmente (1922-1923) los ingresos del Estado son aproximadamente presupuestados en $17.61 por habitante y los de provincias y municipios $5.16, o sea, en conjunto, $22.27 per cápita, pero son en realidad mayores, acaso en cerca de un 20 por 100.
[28] El total de los siete empréstitos hechos por Cuba era en 1922 de $114.669,800; cuando se hizo el octavo empréstito de $50.000,000. Es decir, que Cuba ha hecho en 19 años ocho empréstitos por una suma total de $164,669,000. El Sr. Carlos M. Trelles, en la primera de sus notables conferencias, dice así:
No obstante ser Cuba un país muy rico, de haber sido los ingreso, de los presupuestos en la mayor parte de loa años económicos superiores a los egresos; de no haber sufrido más que tres revoluciones las cuales apenas si duraron cuatro meses en total; de no habérsenos presentado oportunidad de pelear con nadie en el exterior, a pesar de nuestra declaración de guerra, a potencias tan temibles como Alemania y Austria Hungría, y de haber firmado la paz sin haberle declarado la guerra al Imperio Turco y a Bulgaria; no obstante todo esto, y de habernos librado los norteamericanos de la aplastante deuda de $400,000,000 que quiso España echarnos arriba en 1898, la República de Cuba, que nació en 1902 sin deber un centavo a nadie, y guardaba en el Tesoro, en el primer día de su vida $600.000 entregados por los interventores, ha seguido en estos veinte años una política financiera desastrosa, a la cual, si no se le pone urgentemente fin, dejará exangüe a nuestra joven y bastante adeudada nación.
De los ocho empréstitos que se han llevado a cabo en tan corto tiempo (y de los cuales sólo dos debían haberse realizado), dos los firmó el Presidente Palma, uno el Presidente Gómez, tres el Presidente Menocal y dos el Presidente Zayas. Justo es consignar que el de $50.000,000, que acaba de efectuarse, fue motivado por los $46.000.000 de deuda flotante que dejó el Presidente Menocal en el mismo año en que gastó por otros conceptos $136.000.000.
Por intereses y capital de la deuda ha pagado y paga Cuba las siguientes cantidades, que se restan al presupuesto y se pueden invertir en obras útiles o culturales.
En 1902
…………………………………………..
$             0
  1904
…………………………………………..
2.770,000
  1911
…………………………………………..
4.176,000
  1915
…………………………………………..
6.350,000
  1920
…………………………………………..
10.200,000
  1928
…………………………………………..
13.000.000
Pagamos ya más por este concepto, anualmente, que en la época colonial. Acabado de realizar un gran empréstito,  y sin  haber  empezado todavía a pagar la deuda flotante, se habla ya de que, al finalizar los pagos, habrá un déficit de $115.000,000 o más. Tenemos, por  tanto, un nuevo empréstito en perspectiva. Si seguimos por este camino de perdición ¿habrá cubano sensato capaz de pensar que esta República podrá durar medio siglo?
Si algún país de la tierra no debía tener deuda de ningún género es este: pues el Tesoro, de haber existido una buena y escrupulosa administración debía contar con fuertes sobrante.
[29] Carlos M. Trelles. Ob. Cit.
[30] Escrito de José Martí. El Presidio Político en Cuba, publicado en 1871 en Madrid.

La Revolución del 30

La Revolución del 30, la que no se fue a bolina...

Ahora comenzamos a analizar el problema histórico de la tercera de las revoluciones cubanas... la del 30 -aunque le han puesto diversos nombres y pocos se ponen de acuerdo sobre en qué momento comenzó y terminó-.
Hay mucha literatura para buscar y analizar, aquí les voy a compartir un temperamental ensayo de Fernando Martínez Heredia, sobre esta revolución....
¿Qué pueden hacer? Buscar hipervínculos a cada una de las cosas que dice FMH en este artículo, hacerse preguntas sobre lo que dice, y sobre todo acerca de lo que no dice (porque todo no hay que decirlo).
Les propongo un ejercicio más de comparar sus vivencias hasta ahora, con esto que van a leer.
Y como tarea para entregar, deberán buscar en la web (y/o en la biblioteca común, la de papel) un libro, trabajo, monografía, biografía, etc... que aborde este período y anunciarlo en los comentarios, con una explicación de qué se trata, por qué lo escogieron, si se lo leyeron antes, o por qué piensan que se lo van a leer ahora, etc. Las demás personas, pueden entrar y dejar sus propios comentarios sobre su selección.
El artículo de FMH "La Revolución cubana del 30
(Si quieres el libro completo donde está ese ensayo, haz link aquí)

viernes, 24 de febrero de 2017

La Virtud Doméstica, de Roberto Segreo: un acercamiento a un tema interesante

La Editorial Oriente acaba de publicar un libro muy interesante llamado La virtud doméstica. El sueño imposible de las clases medias cubanas, de Rigoberto Segreo, historiador holguinero, ya fallecido. Quiero compartir con ustedes el prólogo realizado por la magnífica historiadora santiaguera Olga Portuondo y el ensayo final del libro, del propio Segreo. Quisiera que profundizaran sobre el concepto, a mi juicio muy bien defendido en el libro, de lo que es la “virtud doméstica”. Espero preguntas y comentarios que ayuden a entender qué pasaba en la Cuba de las primeras décadas del siglo XX y cómo se articuló la hegemonía de la dominación en nuestro país.
 El virtuosismo de Rigoberto Segreo,
Triste es recordar la ausencia de un filósofo de la Historia de Cuba como Rigoberto Segreo Ricardo, y aflige la temprana des­aparición de alguien, cuya labor se halla inspirada en la más pura ética patriótica.
Como ya lo había disfrutado con el libro dedicado a la obra de Jorge Mañach, es un privilegio tener las primicias del lector en La Virtud Doméstica, publicación póstuma que honra a la Edito­rial Oriente, porque a lo largo de cada una de sus páginas revela la madurez ilustrada de Segreo en sus meditaciones, así como en su interpretación filosófica del pensar de la clase media cubana, y los resultados de esta en la literatura y el arte. En su estudio, Se­greo convence acerca de la necesidad de conocer la mentalidad de aquellos intelectuales cubanos de los comienzos de la Repú­blica para comprender mejor este pasado.
AI trabajar en el análisis de los ensayos concebidos por desta­cados eruditos de las dos primeras décadas del siglo xx, se mues­tra la acción filosófica, al menos, de una élite intelectual nucleada en torno a la revista Cuba Contemporánea, con interpretaciones teóricas del trascender político de la época correspondiente al período de la posguerra independentista y los inicios de la Repú­blica neocolonial. Segreo pone en tela de juicio, y al descubierto, los presupuestos ideológicos —los fundamentos especulativos— y también las circunstancias históricas que justifican el origen de lo que se ha dado en llamar "la virtud doméstica " de las clases medias cubanas.
En los ocho capítulos que integran este libro, el autor hace gala de sabiduría, sin dejar resquicio por donde penetre debilidad argumentativa alguna. Ha trabajado la personalidad de José En­rique Rodó como padre latinoamericano de un pensamiento que abandonaba el rígido positivismo en decadencia para asumir nue­vas posturas idealistas, en consonancia con el criterio reflexivo europeo contemporáneo. Los seguidores en el archipiélago cubano acogen con beneplácito sus principios de estirpe latinopanamericanista y la vocación universal, su rechazo al utilitarismo. Ellos fueron, entre otros: Jesús Castellanos, Max Henríquez Ureña, José Sixto de Sola, Carlos de Velasco, Manuel Márquez Sterling y José Antonio Ramos. Segreo concentra la atención en las publicaciones de estos intelectuales cuya directriz de pensamiento humanista, salvo pocas diferencias, los conduce a un punto se­mejante: el de la virtud doméstica.
 ¿Qué es lo que define la virtud doméstica?: Es la moral del portarse bien, de no alterar el orden interno, de estar de acuerdo con los postulados de la Enmienda Platt y el Tratado de Recipro­cidad, sin que esto implique dejar a un lado la prédica de la de­fensa de la nacionalidad cubana, el fomento de su cultura y el de la autodeterminación. Es aceptar como un beneficio para la mo­dernidad la intervención norteamericana de 1898y mantenerla paz interior en el país, suponiendo que así se lograba el fomento de la nación con el favor de los intereses económicos norteame­ricanos y, en última instancia, es el afán de evitar una nueva in­tervención militar de los Estados Unidos.
Segreo considera que esta actitud, de una buena parte de la intelectualidad cubana, queda consagrada luego de la segunda intervención norteamericana, la que los convenció de la inepti­tud de los cubanos para organizarse y dejar la nación impoten­te frente al yanqui. El desinterés se adueña del país, contribuye a la indiferencia respecto al destino común y propicia el fomento de la corrupción administrativa. No por casualidad estos hom­bres que ejercieron, de una forma u otra, el periodismo conside­raban a José Antonio Saco como el ideal del intelectual, por su reformismo, puesto que ponderaba el orden colonial y estaba en contra de la revolución independentista, y también por su actitud discriminatoria ante el negro. Ningún intelectual de inicios del siglo xx creía que la salida podía ser una revolución, ni siquiera al estilo caudillista de la suscitada en 1906 a raíz del intento de reelección de Tomás Estrada Palma. No tenían en cuenta el pa­pel de las masas populares en el fomento de la nación, se desen­tendían de los problemas de la población humilde para juzgarla incapaz e ignorante, no querían otorgarle un papel político, así contribuían a la desarticulación de la estructura social y prohija­ban la falta de unidad para enfrentar la intrusión foránea.
Si alguien pretendiera objetar la reiteración de juicios en cada uno de los letrados analizados por Segreo, yo les diría de su ne­cesidad para justificar la convergencia hacia las mismas ideas del orden social y el ineluctable reconocimiento de la Doctrina Monroe y el neocolonialismo.
Desempeñan un papel importante en los orígenes de esta corrien­te intelectual representantes de la élite oligárquica criolla —como Francisco y José de Arango y José Antonio Saco— del siglo xix: preconizaban el orden, pretendían ignorar al pueblo y la condición racial integral de este. Ante la avenida de la ocupación norteame­ricana y la proximidad de los Estados Unidos, imperan el darvinis­mo social y el fatalismo geográfico que inclinaron la balanza de los intelectuales nuevamente a esta postura durante las primeras décadas del siglo xx, heredera en los principios de aquellos que habían defendido el asimilismo reformista y que ahora se cobija­ban en la indolencia para justificar así la absorción económica al imperio vecino. Las posibilidades de esta élite de clase media para difundir—mediante sus libros, el periodismo y las conferen­cias— estas ideas, sin duda influyeron en la conciencia de par­te de la población cubana hasta el punto de trascender el siglo.
El análisis de La Virtud Doméstica es imprescindible para la comprensión de la mentalidad cubana formada desde la centu­ria decimonónica y que, a pesar de sus transformaciones, llega al siglo xx con teóricos que, si bien defienden y predican el forta­lecimiento de la nacionalidad y el Estado cubanos, predicaban la abulia, eran faltos de fe, ganados por el pesimismo y se escudaban en el choteo para atacar la carencia de probidad. Con variacio­nes, acordes al devenir histórico, esta postura pudo ser asumi­da por descreídos del destino de autodeterminación de la noción cubana o por el burócrata que argumenta su "sentido práctico" individual para justificar el arribismo y el parasitismo.
No es suficiente encomiar un comportamiento ético riguro­so, individual o colectivo, y una razón de ser que descansa en la idealizada democracia, como los intelectuales de "la virtud do­méstica", si en el progreso social de un país se ignora la parti­cipación real del pueblo y una verdadera responsabilidad de la conciencia colectiva cubana para el avance de la nación dueña de su soberanía. Y la obra, plena de dignidad espiritual, de Rigo­berto Segreo, nos lega esta lección sobre la cual debemos meditar
Olga Portuondo Zúñiga 20 de marzo del 2016
Cautivos de la Virtud Doméstica
"El talismán interventor consistió en la paz, en evitar los desgarramientos de la rival ambición;
y su consecuencia fue, en nosotros, la anestesia colectiva"
Manuel Márquez Sterling
 Cautivos de la reciprocidad escribió Oscar Zanetti, refiriéndo­se a la oligarquía azucarera. Las clases medias también lo eran, pero de la Virtud Doméstica. Si aquella no podía prescindir del acceso preferencial al mercado norteamericano, estas se ataban a un quietismo político anulador con tal de evitar la injerencia. En una y otras la razón profunda era de naturaleza estructural: la dependencia condicionaba el carácter antinacional de la oligar­quía; mientras que la desarticulación económica determinaba la invalidez de las clases medias frente a la dominación extranjera. La anestesia colectiva que Márquez Sterling observa paralizaba las fuerzas de la nación.
La Virtud Doméstica es un sistema de pensamiento diseñado para evitar la injerencia norteamericana. Su lógica partía de la imposición del derecho de intervención, frente al cual las clases medias se reconocían impotentes. Esa incapacidad hacia fuera los obligaba a concentrarse hacia adentro. Su única posibilidad de sal­var la República era evitar a toda costa los motivos que pudieran desencadenar la aplicación del artículo tercero de la Enmienda Platt. Virtud, moralidad, orden interior, es todo lo que esta inte­lectualidad puede esgrimir en defensa de los intereses nacionales.
La independencia resultó ser un bluff histórico y ellos podían hacer muy poco para evitarlo. Trataron de llenar el vacío que les dejó la pérdida de la ilusión con la utopía de una Cuba futura, en el deber ser. Mientras tanto, vivían la agonía de querer cambiar las cosas sin poder hacerlo. Las incapacidades de entonces inducían todas sus miradas hacia el porvenir. Soñaron un país independiente que ellos no podrían vivir. Ahí estriba su aporte medular: cuando todo se derrumbaba, mostraron su desacuerdo y proyectaron el ideal de una nación soberana.
Los más claros pensadores de esta generación localizaron las causas de la situación de Cuba en el terreno estructural. Ellos comprendieron que el flanco débil del pueblo cubano era la des­articulación de sus componentes, generadora de esa notable "falta de solidaridad" entre los sectores y clases sociales del conglome­rado social. Llegaron a plantear que el camino para recuperar las riendas de la nación era constituirse en clase económica, o sea, transferir la propiedad y las riquezas a manos cubanas. Para ellos eso significaba la formación de una burguesía nacional. Si no se tenía el control económico del país, tampoco se podría decidir sobre su destino político.
Los que comprendieron esa necesidad, reconocían que era una salida a muy largo plazo y completamente fuera de su alcance. La relegación del cubano frente al capital español y norteamericano le cerraba perspectivas inmediatas al surgimiento de una clase productora, capaz de defender los intereses nacionales. Eso los dejaba sin sustentación estructural. La ausencia de una burguesía nacional fuerte, que ejerciera el liderazgo en el momento en que surgía la República, fue traumático para esta generación y para el destino de la nación.
No se había llegado ahí de improviso; era resultado del largo proceso de expropiación a que habían sido sometidos los cubanos. Desde la cuarta década del siglo XIX, la burguesía española, que había llegado al poder político en la metrópoli, rompió el pacto colonial entre los productores de la Isla y la monarquía, rediseñó las relaciones coloniales e implemento una política encaminada a desplazar al capital criollo del control económico de la "joya" an­tillana. El integrismo aprovechó las guerras por la independencia para lucrar y hacerse con el dominio económico del país, mien­tras que el acontecer bélico traía consecuencias ruinosas para el sector terrateniente de la mitad oriental, que nunca logró recu­perarse. La política de confiscación de bienes de los desafectos a España fue un desmontaje de las clases productoras cubanas, a favor de la burguesía española.
Las clases medias, que habían ejercido el liderazgo de la Guerra del 95, llegaron arruinadas a la República, desarticuladas de los procesos productivos. Cuando se suponía que iban a ser indemni­zadas a costa del capital español para facilitar su reinserción en la vida económica, nada de eso ocurrió. España se fue de Cuba, pero la burguesía española se quedó en el disfrute de sus propiedades; sencillamente cambió de metrópoli. Se aliaba ahora a los Estados Unidos para implementar el orden oligárquico neocolonial, donde seguía siendo poder. La avidez del capital norteamericano y la competencia de la industria de ese país completarían el cuadro que le obstruyó el paso a una burguesía nacional.
Sin capacidad para interferir en las estructuras económicas, se dedican a las cosas que sí podían intentar modificar con la acción inmediata. Todos ellos sitúan las soluciones en el terreno de la política, la moral y la cultura. La política, que era la que podía ejercer más presión sobre las estructuras, partía del principio liberal del dejar hacer a la iniciativa privada, lo cual le cerraba el paso a toda acción reguladora del Estado.
La impotencia de esta generación no es ideológica, sino estruc­tural. Nace de la insolvencia histórica de una clase que, siendo nacionalista, no está en condiciones de defender con éxito los intereses nacionales. Anhelan la independencia, pero están atra­pados por el derecho de intervención de los Estados Unidos. La Enmienda Platt se presenta como un pacto entre dos naciones, sancionado por el Derecho Internacional, frente al cual no hay nada que hacer, a no ser el intento de evitar los motivos que puedan desencadenar su aplicación.
Más allá de lo que se pudiera pensar al respecto, no había opciones frente al derecho de intervención. Se asumía como lo que era: una imposición de la cual Cuba no podía desprenderse. Para bien o para mal, había que contar con eso al margen de la voluntad de los cubanos. Todos los subterfugios que se utilizaron para enmascarar la Enmienda Platt, de una parte y de la otra, no logaron encubrir sus verdaderos fines de dominación, amplia­mente denunciados por los intelectuales procedentes de las clases medias. La subordinación de estos intelectuales al derecho de in­tervención no significaba que lo aceptaran; era el reconocimiento de un hecho de fuerza.
Apelar al compromiso de los Estados Unidos de salvaguardar la independencia de Cuba era la última trinchera en la defensa de la soberanía bajo las condiciones de la Enmienda Platt. Si el derecho de intervención no se podía anular, había que evitar su ejecución. Es ahí donde se abre espacio para la Virtud Doméstica. La estabilidad y el orden interior de la República se convertían en el único mecanismo para impedir la injerencia. La paz, la buena administración y el funcionamiento del sistema político, venían a ser garantías para la existencia "independiente" de la República.
Las condiciones impuestas por la Enmienda Platt son las que dictan la lógica de la Virtud Doméstica. Si Cuba no garantiza el orden interior que ellos necesitan, los Estados Unidos tienen el derecho de intervenir. Descontado ese derecho, que viene por fatalismo geográfico e histórico, todo queda en manos de los cubanos; de ellos depende el destino de la nación. Nos quitaban la soberanía y, para colmo, nos echaban la culpa. Es así como, lo que tiene su origen fundamental en la política imperialista de los Estados Unidos hacia Cuba, se transfería al plano doméstico. La existencia de la República no dependía de la política norteameri­cana, sino de la capacidad de los cubanos para el buen gobierno. Este punto de partida viciaba todo el sistema y lo incapacitaba para una solución real.
La funcionalidad democrática y la moralidad en el manejo de los asuntos públicos se convierten en un tema obsesivo para esta generación. Desde esta plataforma realizan una introspección profunda en la situación de Cuba y su sistema político, una de las más productivas que se hicieron a lo largo de la República. Apun­tan hacia los déficit del cubano para la vida civilizada, en quien descargan la responsabilidad de los atolladeros por que atraviesa el país. El eje central de sus empeños trata de evitar cualquier desorden que ponga en riesgo la República, desplazando a un segundo plano el peligro mayor, el que viene del exterior.
La relación causa-efecto quedaba invertida. La injerencia se presentaba como una obligación salvadora, solicitada incluso por los propios cubanos, ante la ineficacia del gobierno propio. En ningún sentido se manejaba la idea de que la disfuncionali­dad republicana estuviera condicionada por la usurpación de la soberanía nacional. Todo lo contrario, era la disfuncionalidad republicana la que ponía en riesgo la independencia del país. Un enfrentamiento con los norteamericanos no entraba en los planes de esta generación, sino la convivencia equilibrada. Las relaciones con la gran República del Norte se consideraban indispensables, por fatalismo geográfico y por beneficios económicos, y en no pocos también por seguridad política.
El carácter sistémico de la Virtud Doméstica dimana de la traba­zón lógica del conjunto de presupuestos teóricos-que la componen. En una síntesis apretada y forzosamente esquemática, podrían establecerse tres niveles de sistematización, que se entretejen en una madeja compleja, pero que son más o menos discernibles: el primero está relacionado con las causas y las condiciones que alimentan el sistema, donde las relaciones de Cuba con los Estados Unidos son el centro nuclear; el segundo, con la introspección intelectual hacia el interior de la problemática cubana, y el tercero, con las soluciones que se proponen en la búsqueda de una salida a la situación de Cuba.
Otro aspecto que le da unidad al sistema es el método de interpretación de los fenómenos sociales. Defendemos la idea de que la del Diez es una generación en transición filosófica, pero su método está determinado por el positivismo. El evolucionismo naturalista es el núcleo de ese método, aun cuando en su seno se viene produciendo un fuerte cuestionamiento del determinismo biológico y se asoman teoría idealistas, que reivindican al sujeto y su conciencia. Esto último todavía no implica una ruptura con la concepción evolu­cionista de la historia y de la cultura; en eso estriba, precisamente, su condición de generación en transición filosófica.
Lo que le imprime más coherencia a este sistema de ideas es la plataforma clasista a partir de la cual se formula. La Virtud Doméstica sintetiza el pensamiento del sector intelectual de las clases medias cubanas durante las dos primeras décadas del siglo xx. Las posibilidades de estos sectores para dialogar con los problemas cubanos y construir soluciones son de primera importancia. Las ideas aquí se cocinan en permanente contrapunteo con la realidad; de ahí que la capacidad real, objetiva, de estos sectores para encarar el problema, marque de manera tan intensa la lógica y la dinámica interna de su pensamiento. El nacionalismo de estos sectores fue tan importante para el sistema como su incapacidad para sostenerlo con eficiencia.
Esta generación se mueve entre la admiración a los Estados Unidos, por un lado, y la resistencia a la injerencia, por el otro. El mito de la ayuda norteamericana, de aceptación general, es lo que mejor tipifica su posición con respecto a la potencia del Norte. La mayoría de estos intelectuales aceptan la Doctrina Monroe, o sea, creen en la misión protectora de los Estados Unidos frente al peligro de las potencias europeas. Pesan en ellos la pujanza económica de aquel país, su democracia política, y su contribu­ción real a la lucha contra España, muy bien manipulada por la propaganda norteamericana.
Las relaciones de Cuba con los Estados Unidos son asumidas como inevitables. La tesis del fatalismo geográfico e histórico, de evidente factura positivista, predomina en todos los niveles socia­les. Esas relaciones se consideraban necesarias, sin las cuales no se concebía el progreso del país. Tales visiones estaban condicionadas por el crecimiento económico sostenido y el proceso de moderni­zación que vivía la Isla. El acceso al mercado norteamericano, a su tecnología y sus capitales, provocaron rápidas transformaciones estructurales, que dejaban atrás la economía tradicional heredada de la colonia. El crecimiento promedio del PIB al 4 % anual y una balanza comercial favorable, creaban un estado de prosperi­dad colectiva, que no dejaba ver los efectos deformantes de las relaciones neocoloniales.
Se ha llegado a hablar del milagro cubano, para indicar el crecimiento explosivo de esos años, que atrajo una significativa corriente de inmigración española y antillana. Si la conciencia social de entonces no podía identificar los estragos negativos de las relaciones neocoloniales, era porque todavía no se habían mani­festado en toda su agudeza. Se oponían a la desnacionalización de las riquezas, pero seguían creyendo en la necesidad de los capitales extranjeros y en la buena voluntad de los Estados Unidos. Hombres experimentados, como Manuel Sanguily, Enrique José Varona y Femando Ortiz, alimentaban el mito de la ayuda norteamericana.
Un capítulo particular de las relaciones con los Estados Unidos es la Enmienda Platt. Ha quedado dicho que el punto de arran­cada de la Virtud Doméstica es el derecho de intervención. Los intelectuales procedentes de las clases medias compartían con la oligarquía hispano-cubana algunos puntos justificativos de la En­mienda, peTo se situaban en una posición diametralmente opuesta al pensamiento plattista. Mientras que la oligarquía utilizaba todos los recursos a su alcance para justificar el orden impuesto, del cual ella era su usufructuario doméstico; los intelectuales de las clases medias la aceptaban como una imposición frente a la cual estaban desamados, y lo único que podían hacer era tratar de evitar su ejecución efectiva. La propia Enmienda, al presentar a los Estados Unidos como garantes de la independencia de Cuba, les propor­cionaba un argumento al cual se aferraban con uñas y dientes.
La Virtud Doméstica se vuelve hacia el interior de los problemas cubanos de una manera acuciosa. El sistema político es sometido a un análisis de rigor. Se desmontan las máscaras del caciquismo. En este punto llegan a plantear la idea de que las insuficiencias de los partidos, al carecer de bases sociales bien configuradas en lo económico, es lo que le abre espacio a la manipulación de la polí­tica por los caciques. Allí donde la clase falta, impera el caudillo.
La crítica sistemática a la corrupción es un aspecto de alta productividad en este tipo de pensamiento. Los dos fenómenos se unen: los afanes por el poder quedan ligados a la concepción de la política como medio de vida. Esta generación hizo una cala a fondo de la disfuncionalidad republicana. Las luchas fratricidas y el latrocinio son identificados como los lastres fundamentales del sistema político, no solo hacia su interior, sino que ponen en riesgo a propia existencia de la República. Sería injusto negarles a estos intelectuales esa contribución, aunque no alcancen a deslegitimar e1 orden establecido.
La inconformidad y la protesta son los rasgos que caracterizan el pensamiento de los hombres de la Virtud Doméstica. En cualquier registro de la cultura —cuento, novela, ensayo, periodismo, libro, teatro, etc.se encuentra esa desoladora condición del hombre arrastrado por las circunstancias. De la denuncia se pasa a la derrota sin transferencia alguna. Los personajes, reales o ficticios, encaran una situación que no comparten, pero acaban evadiéndose de ella, tratando de ascender en la escala social, o completamente vencidos, lo interesante, en realidad, es que estos intelectuales, a pesar de ser derrotados por la historia, son optimistas y siguen creyendo en el futuro de la nación.
Desde la plataforma estructural y política en que se movían, caracterizada por su desarticulación como clase económica y por la imposición del derecho de intervención, no podían proponer soluciones realmente viables. No solo atacaban las causas internas, sino que lo hacían desde la moral y la cultura. Su incapacidad para enfrentar los poderes externos que subyugaban a la nación, los deja empantanados en los conflictos domésticos. Y estos no fueron enfrentados desde los cambios estructurales que necesitaban y que estaban fuera de su alcance, sino desde una perspectiva reformista. Creyeron que logrando la funcionalidad democrática podían conjurar la injerencia, pero lo cierto es que ni siquiera tenían capacidad para mejorar el sistema político.
Emprenden una verdadera campaña de moralidad y de instrucción para el buen desempeño del ciudadano, con la esperanza de que eso pueda sanear el sistema político. Evadían el fondo del problema y, en consecuencia, apenas podían rozar las estructuras el caciquismo. El método, de matriz positivista, se empalma con 1 objetivo de alcanzar la estabilidad republicana. El gobierno científicamente dirigido por los intelectuales, que son los únicos que tienen la capacidad para hacerlo, se convierte en un ideal.
Confían en que la educación y la cultura permitan formar los ciu­dadanos ejemplares que el sistema político necesita. La sociedad es entendida desde un evolucionismo natural, donde las conmociones políticas quedan desterradas.
La propia concepción de la democracia científica, de élite, tiene un carácter selectivo, al promover a los mejores, a los más capaces. Los hombres comunes, las masas, quedan reducidas a simple número, destinadas solo a legitimar la democracia a través del voto, pero sin capacidad para el ejercicio de gobierno. Todo lo que se puede hacer con ellas es prepararlas para la vida política civilizada, a fin de evitar que apoyen el ascenso al poder de hombres incultos. Este es uno de los puntos más débiles de la Virtud Doméstica, que reduce su base social y, con ella, sus posibilidades de éxito.
Con tal de evitar la injerencia y salvar la República, la Virtud Doméstica rechazaba toda agitación que desestabilice el orden interior. Un hombre como Manuel Sanguily expresaba en 1907, bajo el trauma de la segunda intervención:
Nadie ni por ningún motivo tiene nunca, y hoy menos que nunca, el miserable derecho de perturbar y dividir la patria. Ante su altar augusto debemos deponer contritos las ambi­ciones y la cólera, ¡y seque nuestra maldición la mano que se alce audaz contra la concordia y la paz! ¡No sé quién dijo que el principio de las cosas no fue el Verbo sino el Amor, y yo clamo porque venga compasivo a confundimos en un ósculo santo de fraternidad al término de nuestras querellas olvidadas![1]
La Virtud Doméstica ejerce un efecto paralizante sobre las fueras nacional es. La paz universal que proclama criminaliza cualquier acción interna que pueda dar pie a la intervención. Todo se subordinaba a la pervivencia de la República, lo cual era, en el fondo, un espaldarazo al sistema. La serpiente se mordía su propia cola, estaban encerrados en un círculo vicioso: el mecanismo a través del cual intentaban evitar la injerencia, los obligaba a des­armarse, los inducía al quietismo desmovilizador, le cerraba el paso a la acción de las masas, sin las cuales era imposible lograr lo que querían.
En realidad, ese fenómeno tenía causas más profundas. La desarticulación estructural de los componentes del pueblo-nación y la desintegración económica de las clases medias los maniataban como sujetos históricos y los convertían en víctimas del siste­ma. Sus teóricos se comportaban como "francotiradores", como hombres solitarios, incapaces de atraer al pueblo. Su elitismo y su menosprecio a las masas no eran solo tesis esenciales de su método, expresaban también su propia enajenación con respecto a su clase y en relación con las demás fuerzas sociales.
La Virtud Doméstica no reconocía el derecho de los obreros, de los campesinos y de los negros a luchar por sus demandas. Descalificaba los movimientos sociales en el mismo sentido que lo hacía con las querellas políticas. Esto significaba, por un lado, la exclusión en su programa de los intereses de las grandes masas, reforzando su aislamiento social; por el otro, era una defensa im­plícita del estado de cosas, donde el capital salía favorecido frente al trabajo. La condena a cualquier desafío del orden legitimaba al sistema.
A pesar de eso, el saldo histórico de esta generación es positivo. El nacionalismo es el núcleo duro de la Virtud Doméstica. Creye­ron, con ingenuidad, que la preservación de la institucionalidad republicana garantizaba la soberanía. Ese error venía del hecho de que sus soluciones se situaban en el terreno de la cultura, de a moral y de la política, sin poder penetrar las estructuras de la dependencia.
Defendieron la independencia de la nación desde sus posibilidades históricas y estas no los favorecían. El mérito está en no haberse rendido cuando todo a su alrededor era ganado por la frustración y el pesimismo. Construyeron un ideal de nación contra viento y marea, y lo defendieron con una sinceridad conmovedora. El desgarramiento sobrevino cuando se percataron de que luchaban contra molinos de viento. La convivencia con el vecino del Norte no era posible sino bajo la más absoluta subordinación.
No fue, sin embargo, una generación improductiva. Nos lega­ron el desacuerdo con el orden impuesto a Cuba por los Estados Unidos, la dignidad cívica ante el latrocinio y el mal gobierno, la reivindicación del derecho de Cuba a la independencia. Fueron hombres cultos, de refinado entendimiento, gestores de una obra intelectual muy aportativa a la cultura nacional. No lograron evitar la injerencia; la Virtud Doméstica era un sueño imposible, pero no dependía de ellos. La dispersión estructural los invalidaba para contrarrestar el poderío norteño. Representaron la izquierda liberal nacionalista, opción con escasas posibilidades de éxito frente al conservadurismo antinacional de la oligarquía plattista.
Su crítica al caciquismo político y a la corrupción administra­tiva, sus afanes moralizantes y educativos, su intensa labor en el campo de la cultura, y su patriotismo indiscutible, contribuyeron a la creación de una conciencia nacional de inconformidad ante el status republicano.
No es esta una etapa vacía en el devenir del pensamiento na­cionalista. El papel de transición que le tocó desempeñar a esta generación tuvo, en ese sentido, la entereza de mantener viva la utopía de la nación independiente en los momentos más difíciles que hubo de experimentar la cultura cubana. Es justo decir que, a pesar de todas sus incompetencias, prepararon el camino de la Segunda Generación Republicana. La crítica que esta hizo de los hombres del Diez no puede ocultamos esa verdad.
Cuando el sujeto de esa cultura, el pueblo cubano, perdía las riendas de su destino histórico y se reconocía incapaz de cambiar las cosas, cuando lo dominaba el escepticismo y la frustración, los intelectuales de las clases medias forjaron una visión optimista del futuro de Cuba y confiaron en que algún día la Isla ocuparía su lugar en el concierto de las naciones completamente libres. Recogían el legado de los forjadores de la nación y proyectaban el ideal, que entonces no podía ser, hacia el porvenir. Mantuvieron enhiestas las banderas de la independencia, a sabiendas de que no sería de ellos el privilegio de alcanzarla.
En otras esferas de la cultura también fueron un momento tran­sitivo. La del Diez es la primera generación filosófica del siglo xx; vive en el espacio crítico donde el positivismo ya no satisface todas sus expectativas, pero no han madurado todavía las corrientes idealistas que debían sustituirlo. A esta generación le debemos el desmontaje del determinismo biológico y la apelación a la con­ciencia y los valores como resortes movilizativos del sujeto. En lo estético, si bien la domina el naturalismo de base positivista, ya aparecían los primeros brotes de psicologismo en la literatura. El concepto de generación-puente es el que mejor define su posición política y cultural.
La Virtud Doméstica es un sistema de ideas intrínsecamente contradictorio. Se mueve en tomo a la idea ejemplar de evitar la injerencia; eso define su esencia nacionalista. Pero las vías por las cuales intentaba lograrlo lo condenaban de antemano al fraca­so. Más allá de su reformismo, con esa incapacidad crónica para tocar las estructuras profundas de la dependencia, proclama una paz universal que desmoviliza las fuerzas de la nación frente al dominio norteamericano. El error principal estaba en invertir las relaciones causales: lo doméstico pasaba a ser condición de la do­minación extranjera. La lógica hacia adentro llevaba implícita to­das las debilidades hacia fuera.
Desde esta plataforma teórica era imposible conjurar la injeren­cia. Ellos no pudieran reformar el sistema político y los Estados Unidos intervinieron en los asuntos internos de Cuba una y otra vez. Se imponía la verdadera relación causal: las deformaciones domésticas tenían su origen hondo en la pérdida de la soberanía nacional, Eso los frustró, pero no los hizo pensadores de pacotilla. Sus posibilidades frente al problema no dependían de su honradez intelectual. El alcance de su pensamiento estaba condicionado por su situación estructural e histórica; admitamos, incluso, que por su disponibilidad teórica, pero en ningún caso se adelantaría gran cosa atribuyéndoles responsabilidades individuales.
Tuvo que ocurrir la crisis de posguerra, cuyas consecuencias se empataron con la crisis cíclica del sistema capitalista mundial entre 1929 y 1933, para que la cultura cubana pudiera superar los postulados de la Virtud Doméstica. Estos fenómenos deses­tabilizaron el sistema y mostraron la verdadera naturaleza de las relaciones neocoloniales. La crisis tensó todos los antagonismos y sirvió de acicate para una progresiva vertebración de los com­ponentes del pueblo-nación. A estas alturas, los sectores medios se habían reconstituido como clase económica y aparecía una burguesía nacional, cuya debilidad estructural no le impedía for­mular un discurso nacional-reformista. La clase obrera alcanzaba cierto nivel de vertebración estructural e ideológica, dejaba atrás su anarcosindicalismo y se sumaba como una fuerza decisiva a la defensa de los intereses nacionales. Este es el escenario que le corresponde a la Segunda Generación Republicana.
En el terreno teórico se le daba un vuelco a la interpretación de los problemas cubanos y se reconstituía la cultura a partir de nuevos criterios filosóficos y estéticos. El relevo generacional no significó la desaparición completa de la Virtud Doméstica. El nacional-reformismo, al menos en su primera etapa, reprodujo algunos de sus puntos de vista. Ya era, sin embargo, una teoría extemporánea, arrollada por la necesidad de cambios radicales. Si en la etapa anterior había tenido razón de ser, en las nuevas circunstancias marcaba las "estaciones" retardatarias de la bur­guesía nacional.

[1] Manuel Sanguily: "En defensa de nuestra soberanía" (discurso pronunciado en el Teatro Martí, La Habana, el 15 de abril de 1907, con motivo de la segunda intervención norteamericana), en La voz múltiple de Manuel Sanguily, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1988, pp 165-166.