martes, 21 de febrero de 2017

Gema Marco

Hola. Con respecto a los videos tengo 2 preguntas:
A qué se refería McKinley con vínculos especiales?
Por qué los análisis de José Martí sobre el riesgo que representaba
Estados Unidos no se conocían mucho en Cuba?

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IX Encuentro Internacional de Estudiantes de Psicología
24 - 28 de octubre, La Habana, Cuba
encuentro@psico.uh.cu
www.psicoencuentro.uh.cu
www.facebook/IXEncuentro

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Facultad de Psicología. Universidad de la Habana
http://www.psico.uh.cu

lunes, 20 de febrero de 2017

Comentario referente al artículo de la entrevista a Eusebio Leal

Primero, me gustaría destacar que la palabras de Eusebio Leal me
impactaron mucho; simplemente me encanta su forma de analizar la
Historia y cómo le da un sentido interrelacionando lo ocurrido y no
tomando los hechos como elementos aislados. Concuerdo con él en que
hay que desnudar la historia y no caer en críticas a partir de
conocimientos simplistas, hay que estudiarla mucho para entenderla,
pues estamos acostumbrados a recibir clases -de enseñanzas anteriores-
donde aprendimos las cosas buenas y malas ocurridas en nuestra
historia, pero en la vida real las cosas no son ni fueron buenas o
malas, blancas o negras, sino que como bien dice nuestro actual
profesor, tienen matices. Es necesario valorar lo que se conoce, pero
solo cuando se conoce debidamente.
Eusebio hace todo un recorrido de la República, dejando caer sus
aportes a la cultura cubana, los pasos que se dieron para llegar a
donde estamos ahora -y esto no solo va por lo cultural, también
incluyo lo político-, las huellas que nos marcaron -no solo en
relación con la sangre derramada y tantos episodios trágicos que
antecedieron, sino huellas en general, que ahora son parte de
nosotros, sin tener que ser necesariamente buenas o malas-, todo dicho
de manera tal que despierta en los lectores una sed de más, de
nutrirse de más información, o al menos así sucedió conmigo.
Me llamó la atención cuando habló de cómo Gómez nunca imaginó que
Estados Unidos fuese un peligro para nuestro exterminio; o cuando
explica que una de las figuras distinguidas de nuestra historia, en un
momento de gran confusión, dice que si es necesario asesinar a Gómez
él se prestaría gustoso; o cuando habla de importantes historiadores y
menciona a Emilio Roig, donde a pesar de destacar su distinguida obra
y reconocer que es uno de los hombres más completos desde su
perspectiva, destacando que fue un importante polemista y, además,
costumbrista, también critica que no produce un análisis profundo de
las causas de la injerencia norteamericana durante la República,
recalcando siempre que logra entrar de lleno en el problema y que sus
limitaciones radican en pasajes de su vida personal, lo que se
relacionaría ya con nuestra labor psicológica. Simplemente me encanta
ver la Historia desde su perspectiva.

"Otras luces de la República"

Una asignatura antigua con un nuevo enfoque es la propuesta que nos ha traído el profesor Roque en este semestre, para adentrarnos en el maravilloso mundo de la Historia de Cuba. Hemos tratado varios temas utilizando una dinámica particular, en la cual los estudiantes a partir de una lectura previa de la bibliografía orientada, realizan preguntas, acerca de dichos artículos, que serán respondidas por el profesor en clases, incitando a un debate colectivo.
En el encuentro anterior nos adentramos en el período de la República Neocolonial a partir de la lectura de los artículos: "Separatismo y República" de M. Márquez Sterling, "No podríamos entender la Revolución sin la República" de Eusebio Leal, "El pueblo de Cuba y el 20 de mayo" de Fernando Martínez Heredia, y "Cultura nacional y dominación social y neocolonial en la República".
El análisis de los temas se realizó a través de la división del grupo en 4 subgrupos, quienes teníasn la tarea de plantear ideas, comentarios y preguntas sobre el texto que eligieron. Del artículo de Eusebio Leal, las principales ideas fueron:
-El artículo comenta que se constituyó una República en Guáimaro en 1869, luego la prosiguió la del 20 de mayo de 1902 y se rompió el 1 de enero de 1959 con el triunfo revolucionario. A pesar de que Tomás Estrada Palma mantenía negocios con los Estados Unidos no favorecía la imagen que el gobierno norteamericano quería proyectar sobre Cuba.
Preguntas:
¿Qué hubiese pasado si los cubanos no hubiesen conocido los verdaderos intereses de los Estados Unidos?
¿Por qué no podíamos entender la Revolución sin la República?
Del artículo "El pueblo de Cuba y el 20 de mayo" las principales ideas planteadas fueron:
-La reacción del pueblo cubano ante la instauración de la República y además, que debería conmemorarse esta fecha por su significación histórica.
Preguntas:
¿Por qué la efeméride es ambigua?
¿Qué posición tomó la burguesía luego del 20 de mayo?
En el artículo "Separatismo y República":
-La República necesitó de un hombre superior que la consolidara desde el gobierno, un grupo de patriotas abnegados que la enaltecieran desde el Partido.
Preguntas:
¿Cuáles serían ejemplos de estos caudillos?
¿Qué elementos eran necesarios para que se forjara la Redpública?
Después del análisis de estas preguntas pudimos entender que se puede explicar la historia, pero no borrarla y que en la República se encuentran los valores morales que animaron la revolución y los
proyectos de realizaciín social donde se formaron los hombres y mujeres que desarrollaron el proceso revolucionario.

jueves, 9 de febrero de 2017

Próxima clase… Entramos en la República


Después de un primer acercamiento a los orígenes de la identidad nacional cubana y los problemas fundamentales que animaron la segunda mitad del siglo XIX cubano en las revoluciones por la independencia nos adentramos en el decisivo siglo XX; que para nuestro país bien pudo comenzar en 1899. El debate ha tenido lugar en el aula y también por aquí, en este espacio.
Ya ahora, te invitamos a pensar y sobre todo, repensar, qué fue la República (que llamaremos no solo neocolonial, sino también burguesa).
Para ello, ahora te propongo los siguientes textos (sigue el link, como siempre), y el mismo método: hacerles preguntas... Recuerda, preguntas que confronten lo que dice, análisis que lleven a nuevas indagaciones...
"Cultura nacional y dominación social y neocolonial en la República" (este es la segunda parte del "Cultura y cubanía" de la clase anterior
"Separatismo y República" (este último, como es un link externo del blog, los comentarios y preguntas lo puedes hacer en esta misma entrada)
"No podríamos entender la Revolución sin la República" (otro link externo, por lo que los comentarios los colocan aquí mismo"

martes, 7 de febrero de 2017

Cultura y cubanía


Cultura y cubanía. Libertad y justicia social
 
Me encuentro ante una elección difícil pero creo resolverla al compartir reflexiones, hipótesis, certezas y preguntas acerca de cultura y cubanía, libertad y justicia social. Me he pasado la vida empeñado en esos temas, y no intentaré sintetizar lo que he escrito y lo que pienso. Me parece más atinado y útil presentar algunos de esos asuntos desde una perspectiva ensayística.
Una de las cuestiones principales al abordar la cultura cubana es la enorme carga de acumulaciones políticas que contienen sus dimensiones populares. No sucede lo mismo en todos los países; en muchos casos lo popular guarda distancia con lo político y, de paso, disimula la efectiva exclusión o subalternidad de los sectores populares respecto a las decisiones políticas. En el caso de Cuba los sentimientos, las luchas y los sacrificios masivos por la libertad, la justicia y la soberanía nacional y popular tuvieron papeles centrales en la plasmación de una identidad cubana y la constitución política e ideológica de la especificidad nacional. Si analizamos las creaciones simbólicas fundamentales de la cultura política cubana vemos que ellas están más cargadas de sentidos populares que de proposiciones y elaboraciones de grupos selectos. Sucede así con el patriotismo nacionalista, la unión entre justicia social y libertad, la vocación republicana democrática, la negación de la anexión a Estados Unidos, el antimperialismo y también las ideas más contemporáneas de socialismo e internacionalismo.
Por ello no es sorprendente que entre cubanos esté sobrentendido que la identidad y la cultura son las nacionales, a no ser que se les agregue otro apellido. Como es obvio, lo nacional califica solo uno de los tipos de identidad y de cultura que existen, y lo nacional tiene también significados y contenidos específicos en la identidad o en la cultura. Pero la conciencia y el conocimiento social no pueden formarse con las afirmaciones que acabo de hacer. En realidad señalo un campo de trabajo muy amplio, complejo y arduo que puede y debe ayudar en cuanto a las relaciones, tensiones, confusiones y contradicciones que estos asuntos contienen, con el fin de que sea posible desplegar sus riquezas, complementarse y reforzarse entre todos, y avanzar en el camino prolongado y difícil de lograr vidas más plenas, abatir las dominaciones y propiciar la liberación humana y social.
 
Problemas conceptuales
Nación y nacionalismo siempre han sido dos conceptos bastante difíciles de definir. Me limito aquí a proponer tres aspectos de un concepto general de nación, que me parecen útiles para entender lo que quiero plantear. Uno sería el de lo más interno o subjetivo: las representaciones colectivas, es decir, la construcción ideológica de sentimientos de pertenencia y de exclusividad respecto a su nación, que logra interiorizar y formular una comunidad extensa, no fundada en vínculos de sangre o de localidad. A través de esas representaciones todos se reconocen, por ejemplo, cubanos, y confirman y deciden quiénes son cubanos y quiénes no, qué es ser cubano y qué no lo es. Un segundo aspecto es la existencia de un Estado que, frente a todos los demás Estados existentes, afirma su soberanía y su especificidad, su poder propio y su unidad, y se reclama Estado nacional. Permítanme dejar a un lado las importantes cuestiones de las naciones que forman parte con otras de un mismo Estado y las naciones que no cuentan con un Estado propio. Este segundo aspecto —la sustantividad de un Estado nacional— es más visible y externo. En la realidad ambos están íntimamente ligados: el del Estado, poder soberano, centralizador y unitario, educador y represivo, y el de las representaciones colectivas, construcciones de pertenencia y de exclusividad que pueden incluir la identificación de un enemigo. Los separamos como un recurso del análisis.
El tercer aspecto es el de la diversidad social que está contenida en toda nación, sea vista como comunidad imaginada o como Estado. La diversidad de clases sociales, razas, regiones, etnias, comunidades y otros grupos, la de culturas, es decir, la diversidad social que persiste frente a las tendencias unificadoras y que es disminuida, canalizada o articulada, subordinada, ocultada o reprimida y, en todo caso, puesta bajo el control de la nación. La unidad nacional se consigue sobre dos bases: la existencia de autoidentidades colectivas y el ejercicio del poder. Cuba es uno de los países en los que la identificación de enemigos de la nación es incluida en esa unidad, y en ciertas circunstancias adquiere un peso crucial.
Destaco dos rasgos de la cuestión nacional. Primero, lo nacional implica siempre una dimensión de clases. Existe una relación íntima entre la nación y las clases sociales contenidas en su ámbito, aunque muchas veces no se muestre o mencione: una de las funciones de la nación es ocultar la dominación de clase que se ejerce en el seno de cada sociedad. Pero destaco la palabra “implica” porque la relación no se agota en el velado dominio clasista: lo nacional tiene otras dimensiones, ajenas a las de clases, y es un error grave reducir lo nacional a un artificio de la dominación de clase. Segundo, lo nacional se construye y existe en forma de complejos culturales y a través de expresiones culturales: representaciones colectivas, símbolos, elaboración de códigos y construcción social de realidades. Así se forma la nación que asume sus contradicciones y conflictos, evoluciona, resiste o cambia, recibe y asimila impactos externos. Además, aunque la permanencia parece ser la cualidad dominante, cada nación tiene una historia, en la que sus características y sus valoraciones registran novedades, desapariciones, mudanzas y otras transformaciones.
La cultura nacional reúne entonces una rica diversidad de materiales y modos de ser, producida por los más variados grupos sociales, y los elabora y expresa a través de una acumulación cultural que contiene, articula y aporta el sentido de esa cultura en cada época o coyuntura determinada. Los elementos particulares o parciales se inscriben en ella e interactúan con ella. La dominación social decide respecto a esos elementos, ordenando su presencia y su lugar, su importancia o su olvido, sus atribuciones y pertenencias dentro de un todo. La cultura nacional implica la existencia de una cultura dominante dentro de una pluralidad cultural, y lo mismo sucede si consideramos la economía nacional o la educación nacional. En la medida en que le es necesario, la entidad establecida como nacional en una sociedad determinada subordina, a las demás formas culturales, las economías domésticas y de los grupos sociales, la diversidad social y los saberes existentes.
Apunto un problema que es central cuando trabajamos con la nación. Las ideas que se manejan y las realidades a las que se refieren sus temas pertenecen a la época histórica de la generalización, a escala mundial, de las relaciones mercantiles y del capitalismo en la economía, la sociedad, la política, la vida cotidiana y las elaboraciones ideales. Pero el colonialismo y el neocolonialismo han sido las formas fundamentales en los procesos de mundialización del capitalismo, lo que ha producido el predominio de ciertas áreas —llamadas en épocas sucesivas “civilizadas”, “desarrolladas” o del “Primer Mundo”—sobre los demás países, bautizados como “atrasados” y después “subdesarrollados”, del “Tercer Mundo” o hasta “periféricos”. La dominación ha asumido multitud de expresiones, desde las más brutales —el genocidio, el saqueo, la esclavitud, la destrucción de culturas, el ecocidio, la ocupación militar, la opresión directa, las guerras de rapiña, la provocación de hambrunas, el control de los Estados y las economías— hasta las sutiles, como son la subordinación de las instituciones y la vida de países formalmente independientes, las relaciones supuestamente basadas en las “leyes de la economía”, el uso de las lenguas, los conocimientos, las modas, los mapas, la imposición a escala mundial de creencias, artes, entretenimientos, opiniones, o el carácter “mundial” con que se revisten los intereses, las políticas, la historia y los proyectos de los dominadores.
El pensamiento social y político ha sido hegemonizado por los centros del capitalismo mundial, a pesar de que la resistencia o la oposición a ese dominio cuentan ya con una maravillosa acumulación de ideas y experiencias. La victoria mayor del capitalismo es lograr que el colonizado consienta serlo y considere a la dominación que sufre como el único horizonte posible de vida cotidiana y cívica, al que deben sujetarse incluso sus proyectos. El colonialismo mental y de los sentimientos es una de las más graves y persistentes debilidades de nuestro campo —lo he llamado “colonialismo mental de izquierda”— y hoy sigue constituyendo una de las fuerzas principales del sistema para enfrentarse a las contradicciones propias, sin solución visible a que lo ha conducido su naturaleza actual, y a las resistencias, denuncias, protestas y rebeldías.
El desarrollo del capitalismo y el imperialismo creó, por consiguiente, dos situaciones diferentes respecto a la cuestión nacional. A la mayor parte de los pueblos del mundo les negó durante siglos la autodeterminación y el Estado nacional, en la práctica y en las ideas dominantes. Hace apenas sesenta años de la bancarrota del colonialismo, pero los centros del capitalismo mundial le impusieron subordinaciones económicas a la mayoría de los Estados independientes y les limitaron en la práctica su soberanía. Ese tipo de relaciones se desarrolló y consolidó, como madurez neocolonialista del sistema, a lo largo del siglo pasado y es la causa principal de que las representaciones nacionalistas y las luchas por la liberación nacional hayan sido el contenido de innumerables resistencias y rebeldías de los pueblos sometidos, y la clave de su mundo cívico. En los centros del sistema, por el contrario, se formaron Estados muy fuertes y sociedades muy bien articuladas, en los cuales la burguesía usufructuó o manipuló a la nación y el nacionalismo —y a su exacerbación chovinista— mientras viabilizaba el desarrollo del capitalismo y la opresión de clases en sus propios países, además de realizar las expansiones coloniales.
La crítica radical y el socialismo europeos produjeron teorías e ideologías que condenaban a la nación, por burguesa, en nombre de las protestas y las luchas de clases anticapitalistas. Esas ideas —como las demás de Europa— se extendieron por el mundo. A partir de la tercera década del siglo XX, la universalización del marxismo y del movimiento comunista enfrentó problemas muy graves, en los países que sufrían opresión colonial o neocolonial, cada vez que absolutizaba y simplificaba la confrontación clasista entre burgueses y proletarios. La situación empeoró después de 1935, en la medida en que se abrió paso la colaboración de organizaciones de izquierda con regímenes o movimientos burgueses de sus países, en nombre de objetivos y “tareas” que llamaban nacionales, consideradas necesarias para salir de la condición feudal o semifeudal que erróneamente atribuían a los llamados “subdesarrollados”, los cuales lo son precisamente porque forman parte del sistema mundial capitalista. Esta evolución suponía que, a través de las etapas intermedias, esos países se volverían capaces de desarrollar un capitalismo “nacional”, para después “pasar al socialismo”. Todavía quedan remanentes intelectuales de aquellas mezclas de sectarismo, reformismo y dogmatismo que limitaron tanto el papel de la teoría revolucionaria durante gran parte del siglo pasado.
 
Culturas de Cuba en el siglo XIX. Las revoluciones crean la nación
Durante la primera mitad del siglo XIX un formidable dinamismo económico convirtió a Cuba en una de las colonias más ricas del mundo. Bajo su impacto la cultura criolla de las clases alta y media unió, a su rasgo previo de combinar elementos propios con materiales, ideas y valores europeos —manteniendo a estos últimos como guía y razón—, nuevas características que acentuaron su especificidad. Sin duda, ellos asumieron la modernidad —que se tornaba industrial, secular, liberal y abiertamente capitalista— con gran calidad empresarial, notables avances materiales, autoidentificación, corporativismo y una intelectualidad propia. Pero, de un modo u otro, estos grupos sociales que dejaban de sentirse españoles de Cuba vivieron de la explotación de la esclavitud masiva de africanos y sus descendientes, y asumieron una organización social que destrozó las vidas y despreció la cultura de una gran parte de la población de la Isla, creó un sistema de castas y multiplicó el racismo antinegro. Los líderes y la gran mayoría escogieron la unión firme con la metrópoli en defensa de sus intereses, se limitaron a las reformas que necesitaban y obtuvieron, así como a tener un lugar social preeminente en la Isla, y nunca quisieron arriesgarse a guiar la separación de España y establecerse como clase nacional.
La segunda mitad del siglo registró un gran número de avances relacionados con el dinamismo económico previo, aunque este perdió su relativa autonomía y se subordinó a la economía de Estados Unidos. El dinero y las relaciones mercantiles —que regían a esta segunda formación económica de la historia de Cuba desde su inicio en las últimas décadas del siglo XVIII— se generalizaron y se volvieron aún más determinantes en la vida social, lo que hace escandalosa a nuestros ojos la anomalía constituida por la esclavitud y el orden de castas. Los deseos y reclamos de modernidad se volcaron a las novedades mecánicas y del consumo; en el campo intelectual sucedió una ampliación progresiva de los participantes, un auge del periodismo y renovaciones literarias y artísticas. El mundo de próceres de las dos generaciones previas fue sustituido por el de los profesionales, los “doctores”. Se puso en marcha y avanzó relativamente el proceso de profesionalización de los intelectuales y de separación de las disciplinas y profesiones.
La formación de la población de Cuba tiene mucho interés para nuestro tema, pero aquí solo puedo mencionarla. El período de siglo y medio transcurrido entre 1780 y 1930 es esencial para comprender la composición de la que partió el estado actual de la población cubana. El rasgo principal de aquel período fue la inmigración, con predominio de la forzada, en los primeros ochenta años. Una de las obsesiones de la segunda mitad del siglo XIX fue “blanquear a Cuba”. La masa de inmigrantes procedentes del Estado español aumentó y fue más numerosa en los treinta primeros años del siglo XX que en toda la época colonial, pero el nuevo auge azucarero de los años diez y veinte exigía más trabajadores, y cerca de medio millón de caribeños vinieron a Cuba: dos terceras partes de ellos eran haitianos.
Los contingentes de inmigrantes y el crecimiento vegetativo del período integraron la composición plurirracial y completaron la formación del pueblo cubano. Es cierto que las identidades originarias han dejado múltiples marcas en ese conjunto, que brindan mucho de la riqueza y la diversidad cultural del país actual, pero esas identidades siempre han estado sometidas a un fortísimo complejo que las unifica o reúne a un grado muy superior al que existe en numerosos países de formación análoga. En los años recientes la reivindicación de ciertas procedencias étnicas o geográficas —curiosamente sesgada— por parte de numerosos cubanos es interesante, aunque a veces tiene motivaciones espurias, pero las identidades a las que se refieren resultan ciertamente subalternas respecto a la nacional.
Toda la complejidad de culturas establecidas en Cuba durante aquel proceso, con sus coexistencias, interinfluencias y mezclas, fue sobredeterminada por el ciclo de revoluciones radicales de 1868-1898. Ellas derrotaron a las ideas dominantes de evolución o conservación, acabaron con el régimen de castas, le dieron un sentido de libertad conquistada al final de la esclavitud, desquiciaron y abatieron el dominio colonial y trasladaron el centro de la individualización de las personas a la creación de una república democrática con ciudadanos formalmente iguales en derechos y deberes. Se fue formando una nueva identidad que no procedía directamente de ninguna de las etnias, razas, clases sociales o culturas caracterizadas del país, a partir de la acción revolucionaria, de sus demandas de libertad personal y política, autodeterminación del pueblo de Cuba, república soberana democrática y justicia social, y de las representaciones y el aparato simbólico que la propia Revolución iba generando. El ser cubano y la nación cubana se convirtieron en realidades mediante la actuación y la conciencia políticas, que se ejercieron eficazmente sobre la comunidad en formación y sobre las demandas, anhelos y esperanzas de sus componentes.
Sacudir el yugo colonial implicaba audacias, creaciones, abnegación, los mayores sacrificios y tareas ciclópeas, pero reunirreunirreunirlos elementos que componían la sociedad de la Isla susceptibles de participar en la Revolución, superar sus contradicciones y aversiones mutuas y hacer viable esa unificación implicaba otro esfuerzo, por lo menos tan difícil como aquel. A este segundo campo de trabajos supremos no se le ha prestado una atención suficiente.
En la constitución de la nación cubana no hubo nada comparable al prestigio que adquirieron las prácticas de violencia revolucionaria para alcanzar la libertad, la justicia social, la nación y la soberanía. La guerra revolucionaria educó a unos y reeducó a otros, instituyó personas nuevas que adquirieron gran seguridad en sí mismas, recias convicciones y nuevas capacidades, y proveyó a los cubanos de vivencias y experiencias colectivas que los soldaron en una nueva entidad que no hubieran logrado en muchas décadas de transcurso pacífico. La Revolución del 95 fue el evento principal y de mayor trascendencia de aquella época. Ella produjo una movilización masiva subversiva y sostuvo una guerra revolucionaria muy organizada, con un gigantesco aparato militar, de gobierno y de base popular, fue unificadora de ideas y sentimientos e hizo retroceder al racismo dentro de sus filas y a escala nacional. Se enfrentó al mayor ejército que ha pasado de Europa a América en todos los tiempos, a los grandes recursos y otros factores favorables al poder colonial, al genocidio de 1896-1897, y los venció.
Después de 1840 la burguesía de Cuba no desplegó más iniciativas políticas de corte autónomo, y no osó pensar en salir de la sumisión colonial; desde esa fecha cesó también el debate de ideas. La Revolución de 1868 a 1880 fue totalmente ajena, por tanto, a aquella cultura de élite, y en la práctica la negó. El zurcido burgués que la presentó como el antecedente de la epopeya revolucionaria, capaz de ir de Yara a Baraguá, es un trabajo muy posterior, hijo de la pretensión de expropiar al pueblo cubano del lugar de sus orígenes. En la fase postrera colonial de 1880-1895 el auge publicitario e intelectual trabajó también con materiales del pasado anterior a la guerra —como era de esperar— pero es engañoso creer que él podía iluminar la nueva política. El evolucionismo antirrevolucionario asumido por nuevos intelectuales liberales, políticos profesionales autonomistas que intentaron apoderarse de la representación del cubano, evidenció el gigantesco paso de avance que había dado la cultura cubana gracias a la Revolución.
Para ser real, el separatismo de 1868 había tenido que ser independentista intransigente y abolicionista; en los años noventa el independentismo tuvo que rechazar la cultura política evolucionista de Cuba e intentar convertirse en liberación nacional. Con razón celebramos una parte de su legado, el pensamiento y la prédica martiana, cuya trascendencia nos marca el presente y apunta al futuro, pero es necesario tomar más conciencia y conocer mejor otro legado muy trascendente de la Revolución: la apelación a los sentimientos, las expresiones orales y gestuales, las consignas, para divulgar y defender ante la masa del país su posición y su proyecto, y para motivarla a la acción y el sacrificio.
Por sus acontecimientos y sus realidades cotidianas, por la historia del movimiento revolucionario durante la contienda y el protagonismo guerrero de una gran masa de participantes en su mayoría iletrados, la Revolución del 95 fue el apogeo de la acción, y eso no les daba mucho lugar ni demasiada fama a los intelectuales. El pueblo naciente fue quien perfiló sus símbolos, su imagen y la formulación primera de su gesta. El combatiente y el veterano fueron los nuevos personajes ejemplares de la sociedad, muy lejos de los próceres de la primera mitad del siglo XIX, y tuvieron un peso que equilibraba el de los doctores de la segunda mitad. El ejercicio de la ciudadanía como un derecho de iguales nació en la guerra, no en el padrón autonomista ni en el del interventor. La democracia cubana fue una conquista de la guerra revolucionaria, no una reforma de políticos sagaces alimentada por intelectuales de gabinete; sus prácticas a partir de 189918991899no fueron de ningún modo un regalo, sino una necesidad de las clases dominantes.
No se ha escrito una historia del antintelectualismo cubano —que sería fascinante y a ratos iluminadora— pero es indudable que habría que ligarla en cuanto a sus orígenes a las contradicciones entre tres realidades: la necesidad de crear movimientos políticos revolucionarios mucho más avanzados que el medio ideológico letrado de la época y las creencias ligadas a él; los ideales y el mundo espiritual desarrollados por las movilizaciones y las acciones de la masa humilde del país, que hicieron viables las revoluciones y les dieron su realidad y su ambiente; y las necesidades de restablecimiento del orden, respeto a algún tipo de jerarquías que no procedieran de la lucha armada y clasificación de las personas y las actitudes según los cánones civilizatorios entonces vigentes en Occidente, originadas por el recorte del alcance de la Revolución dentro de su propio campo durante la guerra y por el descalabro que sufrió el conjunto de ese campo a consecuencia de la ocupación militar norteamericana y del carácter de la primera república burguesa neocolonial.

"Cuba en los tiempos de Plácido"

Cuba en los tiempos de Plácido, por Fernando Martínez Heredia
 
El racismo y el difícil camino hacia la identidad nacional
Los treinta y cinco años que vivió aquel niño expósito que tuvo más nombres que apellidos, Gabriel de la Concepción Valdés, fueron de colosales transformaciones en la isla de Cuba. El formidable dinamismo económico incubado en los treinta años previos y desplegado a partir de la última década del siglo XVIII creó una sociedad que estaba en la punta de los avances mundiales en la tecnología y la organización empresarial, con formas urbanas de vida muy modernas y una cultura de élites muy sofisticada, occidental y capitalista, ámbito vital de algunos pensadores que hoy siguen siendo famosos y celebrados en Cuba. Sin embargo, ese impetuoso crecimiento no llevaba necesariamente hacia la construcción de una identidad nacional. La nueva formación económica había producido un salto terrible en los niveles de explotación del trabajo y del dominio de unas personas sobre otras, porque el modo de producción para la gran exportación de azúcar y café al mercado mundial se basó en la introducción masiva de esclavos africanos y su utilización despiadada, solo regida por el afán de lucro y las leyes de la ganancia. Comprar y usar personas como esclavas, despojarlas de todos los rasgos de su condición humana y su cultura que pudieran perjudicar su explotación y estrujarlas en el trabajo hasta la muerte era una pasión de los dueños de los grandes negocios que convirtieron a la isla de Cuba en una de las colonias más ricas del mundo.
El modo personal y familiar de vida de esos propietarios y de otros ricos del país —y la demostración de su alta jerarquía social— dependió, en gran medida, de ser servidos por miles de criados, hombres y mujeres esclavos. Otro gran número de ellos fue empleado en satisfacer una parte de las necesidades de bienes y servicios que crecían y se diversificaban: algunos adquirían habilidades y hasta oficios. Burgueses emprendedores alquilaban esclavos para trabajar en disímiles tareas a una escala creciente.
Como vía de legitimar la dominación en aquel complejo tipo de sociedad se abrió paso la exigencia de considerar seres inferiores por nacimiento y de por vida a los africanos y sus descendientes. Este racismo moderno del siglo XIX fue inducido por todos los medios y legalizado hasta dividir la sociedad en castas, extendió sus efectos, de un modo u otro, a toda la población no blanca de Cuba y fue aceptado por la mayoría de los que resultaban blancos. Se creó así una situación que tendió a la permanencia e intentó convertirse en uno de los rasgos distintivos de la cultura del país. Los habitantes de la Isla estaban construyendo su identidad propia, pero a lo largo de todas las coyunturas de aquel siglo la gran mayoría de los propietarios y empresarios renunciaron a promover la independencia y constituir una clase nacional; su conducta, ante los asuntos públicos, se rigió por sus intereses económicos inmediatos y por acuerdos o subordinaciones que garantizaran sus negocios, sus propiedades, su dominio sobre personas, su preeminencia social y sus representaciones del orden y las jerarquías. La entrada de Cuba en la modernidad, a pesar de sus logros maravillosos, estuvo fundada en la negación de la libertad, la igualdad y la justicia.
La población llamada “de color libre” en los documentos oficiales existía prácticamente desde el inicio de la colonización y había alcanzado un lugar social respetable. Esos negros y mulatos eran muy prestigiosos en el gran número de oficios diversos que desempeñaban y en los cuerpos de milicias; laboriosos hijos de una colonia de población insuficiente y altos índices de masculinidad, estaban distribuidos en la sociedad sin que el color de su piel y su origen subalterno les acarreara demasiadas desventuras ni constituyera escándalo. LaLaidentidad “de color” cabía dentro de la diversidad de los componentes de la colonia, por lo demás bastante diferenciados étnicamente, y para algunos hijos de uniones interraciales la línea misma del color no era una barrera infranqueable.
Los cambios tan profundos y trascendentes a los que me he referido produjeron un lento deterioro progresivo del lugar social de las personas “de color libres”, tanto en las relaciones sociales informales como en las regidas por normas legales y administrativas y, a la larga, mellaron hondamente su autoestima. La enorme marea de esclavos devaluó la condición “de color” porque ahora su piel y otros rasgos visibles eran los mismos que los de los seres humanos de más baja condición, los que tenían dueño y no conservaban ni sus nombres, la casta despreciable a la que se atribuía inmoralidad y otros vicios o insuficiencias y que, al mismo tiempo, era considerada peligrosa por su gran número, su rencor y su potencial de amotinamiento. Aunque seguía rigiendo la multitud de matices raciales que la cultura isleña había consagrado, en las cuestiones esenciales y las percepciones definitorias los “de color” eran medidos bajo el rasero general de negros, una marca que el racismo promovía como la más infamante.
Desde 1805 la ley prácticamente prohibió los matrimonios entre blancos y no blancos, al exigir la aprobación de la máxima autoridad insular, que usualmente se negaba a darla; esa situación duró hasta 1881.  La inscripción, que era exigible a efectos legales, se hacía en dos registros separados rigurosamente, uno para blancos y otro para pardos y morenos, como les llamaban a mulatos y negros.  Este cuadro tan negativo se completaba con la pérdida de prestigio social experimentada por el trabajo manual, reputado de “cosa de negros”; a pesar de ser realmente una “cosa de pobres”, cualquier blanco sin fortuna podía sentirse de naturaleza superior si no era trabajador manual.
No deberíamos olvidar los efectos espirituales tan nefastos que tuvo esto en la población “de color”. Los que habían visto su lugar y su ascenso social en la capacidad de servir de maneras calificadas a la comunidad y ser leales al orden social, se iban sumiendo en una desgracia que parecía venir de la esclavitud masiva de negros y del exceso de negros, es decir, una culpa de los negros y de ser negro. El rechazo de los libres a identificarse con los esclavos y el no ser solidarios o simpatizar con ellos fue lo esperable. Un sinnúmero de clasificaciones que estratificaban y valoraban, en más o en menos, a los no blancos entre sí, expresadas desde los derechos, las opciones de vida y de pareja hasta las expresiones de uso popular, aludían a los nuevos saberes que se asumían: rechazo al negro en la vida de relación; valoración negativa del negro y, en sentido más general, autosubestimación del no blanco y necesidad y conveniencia de que el no blanco ajustara su ideal de conducta y de vida a ser como los blancos o parecerse a ellos. Con esas divisiones y confusiones en el seno de los oprimidos se consumó una forma más de enajenación que trocaba los efectos en causas, degradaba a los no blancos y, al mismo tiempo, los separaba entre sí, y postulaba una supuesta superioridad natural de todo blanco sobre aquellos. De ese crimen terrible del racismo esclavista quedan huellas negativas en Cuba hasta el día de hoy.
En el mismo informe de 1792 —dirigido a la monarquía— en que propone “gastar menos en mantener a los negros y hacerlos trabajar más”, el joven Francisco de Arango y Parreño, tan brillante y moderno como tan cínico, recomendará la eliminación de las milicias de negros y mulatos. No está pensando en el hoy, dice, sino en “el tiempo en que crezca la fortuna de la Isla y tenga dentro de su recinto quinientos mil o seiscientos mil africanos. Desde ahora hablo para entonces. [...] Todos son negros: poco más o poco menos tienen las mismas quejas y el mismo motivo para vivir disgustados de nosotros”.  Ese tiempo llegó. En aquel texto Arango había escrito, alborozado: “no hay que dudarlo: la época de nuestra felicidad ha llegado”. Medio siglo después todo se había consumado.
Las ideologías de la dominación colonialista y capitalista han falseado a fondo el carácter profundamente conflictivo que tuvieron siempre las relaciones entre los que fueron sometidos a la servidumbre y sus amos y señores. Docilidad y lealtad ante paternalismo y justicia, o infantilismo y pequeñas maldades ante adultez y bondad, han sido las prendas de unos y otros; el siervo descarriado o violento, el malagradecido es una excepción, sometida al castigo y al olvido. Las pinturas de los dominantes —orales o literarias, según el consumidor— fueron apoyadas por estudios sociales sumamente influidos por esas ideologías que les brindaron estatuto de ciencia histórica, antropológica o sociológica. Un sector del pensamiento y las ciencias sociales ha librado un combate secular contra aquellas ideologías y sus productos, rescatando otro mundo de y desde los oprimidos, primero en franca pero tenaz minoría y cada vez más aportador y desarrollado en el último medio siglo. Esos enfrentamientos culturales guardan relaciones muy estrechas, aunque muy complejas, con los eventos y procesos de luchas políticas, sociales y revoluciones. Cuba ha sido un teatro muy activo de esos conflictos de ideas, posiciones y mensajes, tanto que me limito a señalarlos aquí, para no desviarme de mi asunto principal.
Siempre hubo en Cuba formas de resistencia cultural desarrolladas por los esclavos y libres “de color”, y también rebeldías abiertas que, a veces, alcanzaron magnitud notable. Rotura de herramientas, suicidios, “sincretismos” religiosos, abortos, formas organizativas propias, tradición oral y artes fueron baluartes de las resistencias; fugas, palenques, incendios, violencia y alzamiento de dotaciones jalonaron las rebeldías. El cuadro de la época que describimos convirtió las unidades de producción en cárceles y multiplicó la cantidad y calidad de los medios de represión. La Revolución haitiana (1791-1804) conmovió profundamente a todos los sectores sociales de Cuba y le dio, al ambiente opresivo de la época, un factor nuevo y tremendo: en la isla más cercana, la gran colonia modelo del siglo XVIII, los esclavos habían peleado y triunfado. Haití fue el primer Estado independiente y soberano de la región que hoy llamamos América Latina y el Caribe.
Aprensión, miedo al negro y odio se respiraban y consumían, en unos casos creyéndolo y en otros como argumento interesado. José Antonio Aponte y el movimiento insurreccional pionero de 1812 habían mostrado que los negros eran capaces de políticas revolucionarias. Una generación después, estallaban sangrientas rebeldías en dotaciones de ingenios y existían conspiraciones con personas “de color” libres; si se relacionaban y unían —y eso parecía posible en 1843— podría producirse un gran estallido. Los sacarócratas de Cuba y la metrópoli española también estaban siendo asediados, desde la dimensión internacional, porque la emancipación de los esclavos y la ideología abolicionista ganaban terreno en la conciencia de muchas personas y en la política de Inglaterra. .
La bestial represión de 1843-1844, que nuestra tradición denominó “el año del cuero”, fue una respuesta del sistema de dominación a través de su brazo estatal, los aparatos represivos de España. La clase criolla que dominaba en la economía de Cuba fue totalmente cómplice de la represión, sobre todo al pedir “protección para sus fincas”, pero también al no elevar ninguna petición de benignidad ni hacer sus notables otro gesto que el de apresurarse a declarar ante las autoridades que jamás se mezclarían en ningún asunto cívico con gente “de color”. Lo cierto es que dejaron a los funcionarios coloniales la misión criminal de ejecutar el trabajo sucio que aseguraba la defensa de sus intereses supremos, descalabraba a una clase media “de color” de Occidente, que podía tornarse peligrosa y pretender guiar futuras rebeldías, y sembraba un sano terror y un miedo duradero entre los no blancos. Con las manos más libres, los propietarios continuaron con sus políticas de control social, incluida la del “buen trato” a los esclavos.
Las diferencias entre esos criollos y los gobernantes españoles suelen ser exageradas y escogidas como centro de la materia histórica. El hecho relevante es que los jerarcas exportadores habían sido dominantes en los principales asuntos de la Isla y muy influyentes en los de la Península durante las décadas en que su riqueza, siempre creciente, coincidió con la larga crisis de España, frente a las guerras napoleónicas y las revoluciones de independencia de la América española. En esos tiempos obtuvieron demandas frente a la condición colonial análogas a las de los programas independentistas de sectores poseedores de la América española. En toda la época rigió una férrea alianza entre esa clase dominante y la monarquía, a pesar de que en su ámbito no faltaron independentistas de la talla precursora de Félix Varela o la prefiguración poética de José María Heredia. No obstante, desde los años 1830 en la metrópoli —muy retrasada en su desarrollo respecto a los que habían sido sus pares europeos— fue avanzando un proceso de modernización capitalista, primero en ciertas regiones, pero que se unificaba a partir de la institución militar y la monarquía, a pesar de las grandes debilidades estructurales, la inestabilidad política y las guerras carlistas. La clase dominante de la economía de Cuba se entendió con los nuevos líderes —fueran liberales o conservadores— y con la joven reina, a partir de que les garantizaran el orden y un país seguro frente a Inglaterra y a maniobras de los políticos de Madrid, y frente a subversiones y revoluciones radicales.
Ciertamente tuvieron que ceder mucho. No solo olvidar el poder que lograron tener y las ideas tan avanzadas que florecieron en la Isla; la noción de una autonomía moderada —ser súbditos, no colonos— naufragó también. Debieron acallar el antitratismo y los deseos de más liberalismo y más capitalismo de sus propios ideólogos avanzados, y llegaron divididos ante la nueva política española. En 1837 los liberales metropolitanos excluyeron de las Cortes a los delegados de las colonias, y a estas de la jurisdicción de la Constitución liberal recién promulgada. En Cuba seguirían rigiendo las Facultades Omnímodas de los Capitanes Generales, vigentes desde 1825 hasta que se les aplicaran leyes especiales que nunca se dictaron.  Cuatro mil propietarios de Cuba habían pedido formalmente a las Cortes que no rigiera aquí la Constitución. Dos lecciones quedaban claras: el socio colonizado puede ser víctima tanto de la fuerza como de la debilidad del colonizador porque se ha mantenido a su merced; no se puede desear vivir en un mundo liberal y, a la vez, vivir del trabajo esclavo.
La clase aprendió sus lecciones. Ante todo, aceptó la subordinación que desde Madrid le exigían unos y otros, unánimes en querer conservar la Isla y disfrutar parte de la inmensa riqueza cubana. Si el general Espartero, Regente del reino en 1840-1843, pudo parecer peligroso por su liberal cercanía a Inglaterra, el joven Capitán General enviado a la Isla en 1843, Leopoldo O’Donnell —futuro creador del partido Unión Liberal y presidente del Gobierno— era inequívoco en lo tocante a Cuba. Los criollos que dominaban en la economía isleña nunca recuperaron su preeminencia, pero se entendieron bien con los cambiantes gobiernos españoles del segundo tercio del siglo XIX.  Fueron sordos a todo independentismo, aunque los nexos económicos con España dieron menos ganancias que perjuicios, los cuales iban desde el comercio hasta las exacciones. La anexión a Estados Unidos —complejo movimiento y atracción modernizante para grupos en la Isla— fue para ellos un juego político para presionar, pero no una opción dominante.
En cuanto al modo de producción, vivieron atenazados por contradicciones terribles: en 1840-1869 multiplicaron su exportación azucarera por 3.5, compitiendo sin ningún trato preferencial —en un mundo que protegía cada vez más sus azúcares— a costa de deteriorar el medio físico de la Isla, ir abandonando la producción de azúcar blanco para reducirse a exportadores de crudo, lograr mecanización industrial pero sin poder evitar el crecimiento de la brecha tecnológica, aumentar del 20% al 50% del total exportado a Estados Unidos y buscar en ese país la relación neocolonial que no podía ofrecer España, y sintiendo siempre el hambre insaciable de trabajadores para explotarlos, con independencia del color de su piel. En los años cincuenta vivieron una orgía de importación de africanos —130 mil, de ellos 90 mil en 1856-1860— con una decisiva colaboración norteamericana. Los negreros de Cuba se despedían de la trata —que terminó en la década siguiente— trayendo a una multitud de niños y jovencitos, probablemente para disponer de esclavos que duraran un buen número de años y para enseñarles a trabajar con equipos.
Por otra parte, al inicio de los años cuarenta terminó en Cuba medio siglo de pensamiento social realmente notable por muchos conceptos. Sus grandes temas dejaron de tratarse, a pesar de que continuaban creciendo la riqueza material, los niveles técnicos, los servicios, el periodismo y las prácticas de las bellas artes. Hubo que esperar a la Revolución de 1868 para que resurgieran las ideas.
No son asunto de este trabajo los hechos de la gran represión de 1843-1844 ni el suplicio de Plácido. Solo quiero destacar que el trabajo de historiadores de varias generaciones ha ido estableciendo hechos y actuaciones, como la operación terrorista de los gobernantes contra los “de color” libres, y de control sobre los notables de Cuba, la felonía de Domingo del Monte —de antaño rumorada—, el doble juego de Inglaterra y su traición a la confianza de los conjurados “de color”, la existencia de una amplia conspiración de estos y la participación en ella de Plácido, o la actuación de Estados Unidos y los equilibrios entre potencias a los cuales sacó partido España.
Vista la época en su conjunto, el proceso resulta sumamente contradictorio. Las necesidades económicas y sociales pusieron a los africanos y sus descendientes en el centro del modo de producción, y le dieron a la población no blanca, en general, un lugar muy amplio en la reproducción de la vida material y los servicios, pero también en las relaciones familiares y sexuales. Por este complejo camino fue adelantando una configuración de la colectividad residente en la Isla que la haría específica frente a su metrópoli y a cualquier otro pueblo de la tierra. Sin embargo, al mismo tiempo, se estableció dentro de ella, por necesidad ideológica de su sistema de dominación, la subestimación social de los no blancos, la exigencia de que se autosubordinaran y la expansión y fijación del racismo antinegro en la población blanca de los diferentes grupos sociales. Lo primero podía conducir hacia el logro de una identidad cubana, aunque no era suficiente para hacerla nacional. Lo segundo era una forma moderna de impedir esa identidad o de que, cuando esta al fin se lograra, el racismo arraigado permaneciera como una enfermedad crónica dentro del cuerpo social, como sucedió en Estados Unidos, el Caribe y América Latina, con sus causas y grados diversos, y sus especificidades.
Si eran tan modernos los empresarios, los negociantes, los intelectuales y las ideas enenCuba, desde fines del siglo XVIII a mediados del XIX, ¿por qué apelaron al racismo más descarnado y lo impusieron por todos los medios? Parecería imposible que las mentes influidas por relaciones tan estrechas con los centros del capitalismo mundial, sus tecnologías, sus mercados, sus publicaciones y pensadores creyeran que formaba parte de la naturaleza de los negros ser inferiores a los blancos, y que era propio de personas justas someterlos a la esclavitud, en masa y en grado tan despiadado. La Ilustración, la llamada conciencia europea, la Revolución francesa, la exaltación del valor de la libertad del individuo, todo iba en contra de aquellas creencias. Por otra parte, la ideología religiosa católica, que proveía el más fuerte fundamento de la vida privada, en relación íntima con la pública y con España, no consideraba esencialmente diferentes a los negros y veía con agrado que todas las parejas contrajeran matrimonio, aunque la Iglesia —institución como las demás del mundo oficial— cohonestaba la esclavitud.
Quienes organizaron su modo de producción para el gran mercado capitalista, tenían prácticas burguesas y se sentían más modernos que su metrópoli española, debían haber sido partidarios de las libertades individuales y la explotación del trabajo asalariado. No obstante, la fuerza de trabajo al alcance del tamaño de sus necesidades y su afán de lucro fue fundamentalmente la de los esclavos traídos de África, y a eso se atuvieron. Veinte años después de La Escalera, Carlos Marx aclaró, en su teoría del modo de producción capitalista, que no debemos identificar ese sistema con la adopción de los medios más avanzados de producción ni las relaciones laborales correspondientes: los burgueses se rigen por la obtención de ganancias y su maximización, por cualquier vía que esté a su alcance. Lo demás resulta secundario. El racismo antinegro inducido fue una de las consecuencias de la opción asumida en Cuba, y una de las contradicciones que generó la formidable anomalía constituida por la formación económica que se estableció a partir de los años ochenta del siglo XVIII, respecto al tipo de desarrollo capitalista europeo.
Como es obvio, el racismo apela a elementos tradicionales de la cultura de los grupos humanos y de las creencias generalizadas; lo notable, en este caso de Cuba, es que la modernidad se puso a favor de afirmarlo y recrudecerlo. Toda dominación necesita y expresa un medio cultural determinado. Aun siendo un aspecto decisivo, cuando se examina el funcionamiento de una formación social, las relaciones económicas principales no son suficientes para explicar el predominio del racismo. Es necesario acudir a un complejo muy diversificado de elementos y fuentes para captar la pluralidad de causas y rasgos del racismo de Cuba del siglo XIX y las contradicciones que contenía, así como buscar la comprensión articulando aspectos que pudieran parecer lejanos, pero en realidad forman parte del entramado de un orden social. Es el caso del dinero, estupendo vehículo abarcador de las relaciones sociales y nivelador potencial entre las personas más disímiles, esperanto entre gente que provenía de lenguas tan diferentes, motivador de iniciativas y esperanzas.  O el de los títulos nobiliarios que adquiría con su dinero cierto número de familias de la clase criolla rica, aristocracia por imitación de la peninsular, ayuna de toda raíz, que necesitaba de los criados y la sumisión servil para parecer que tenía linaje.
Solo deseo añadir que la segunda formación económica de la historia de Cuba, que he abordado tan sucintamente, se desarrolló en la parte occidental de la Isla y se fue extendiendo hasta la región central, configurando lo que Juan Pérez de la Riva calificaba como Cuba A y B;  ambas contenían, además, fuertes diferencias regionales. No obstante, esa segunda formación influyó cada vez más en la vida social y económica a escala nacional. Los cambios tan profundos de las tres últimas décadas del siglo XIX le dieron un carácter de capitalismo pleno y dieron paso a su cualidad neocolonial, lo cual constituyó una tercera formación económica que duró hasta 1959. Sin embargo, la impronta de la época iniciada a fines del siglo XVIII sobre un sinfín de aspectos de la cultura cubana ha sido extraordinaria.
Con razón exaltamos los ejemplos de rebeldía y las revoluciones cubanas porque ellas constituyen nuestro hilo conductor nacional, que enlaza la historia, el presente y los proyectos. Pero es imprescindible conocer también las formas en que los dominados y oprimidos trabajaron y se desvelaron, a lo largo de la historia, por adecuarse a la dominación y tener la mejor —o menos mala— vida posible; conocer las representaciones y aprendizajes de la subordinación desde los cuales pretendían defender valores y modos de vida individuales, familiares y de grupos en que realizarse, y que también podían contener y contenían defensas de la propia cultura, identidades y demandas, resistencias y protestas, es decir, potenciales de rebeldías de mayor alcance. La victoria mayor del capitalismo es lograr que el colonizado, el explotado, el discriminado, el oprimido consienta serlo, y que considere a la dominación que sufre como el único horizonte posible de vida cotidiana y cívica, al que deben sujetarse, incluso, sus proyectos. El colonialismo mental y de los sentimientos es uno de los más graves y persistentes males que necesitamos combatir y vencer.
Es urgente sacar más provecho a los trabajos tan valiosos que realiza un buen número de historiadores. La Historia que se enseña en las escuelas y se consume en los medios de divulgación que tiene el país debe desarrollarse y volverse capaz de incorporar y expresar la rica y compleja realidad de la vida y de los caminos que emprendieron los grupos sociales de Cuba en el proceso de su formación, constitución y existencia como nación. Asimismo debe integrar esos conocimientos a la narración y la comprensión de la historia nacional; integrar también realmente a personalidades, como José Antonio Aponte y Gabriel de la Concepción Valdés, en los lugares que merecen en nuestra historia, y hacer lo mismo con las personas humildes, los trabajadores esclavos y libres, los campesinos, los de medio pelo, los blancos sucios, la gente de abajo.
Quisiera terminar con un breve comentario sobre el único camino que resultó viable para la creación de la identidad cubana. Ella estaba en una encrucijada que comenzaba a plantearse cuando Plácido le dio su aporte y perdió la vida. Cuba no estaba destinada a ser lo que fue, su historia posterior podía haber seguido un curso diferente al que tuvo; la historia de todo el mundo que fue colonizado y neocolonizado nos ofrece numerosos ejemplos de malos finales. Al execrar a los rebeldes de su tiempo y ratificar su fidelidad al régimen colonial que los masacró y su creencia en la superioridad de la raza blanca, la clase dominante criolla dio, otra vez, un paso en contra de aquella identidad. Ratificó así su naturaleza, su incapacidad para ser decisiva o participar en la creación de una nación cubana y su disposición a ser antinacional si era necesario. Sin embargo, en aquel país de tan complejas relaciones entre la brutal y masiva explotación de la fuerza de trabajo principal, el régimen y la opresión colonial, la sociedad de castas legalizadas, razas socialmente establecidas y creencias acerca de ellas, ninguno de los demás grupos sociales caracterizados parecía poseer una conciencia unificadora de la dominación, las contradicciones y los conflictos principales, ni formas organizativas o capacidad de conducción que lo llevaran a proyectar y lanzarse a la acción contra el sistema, y a atraer a los demás oprimidos a la lucha.
La especificidad de la población de Cuba siguió ganando terreno, pero tampoco era un destino inexorable que ella se plasmara como una cultura cubana nacional. No existió una cultura cubana a lo largo del siglo XIX.. Coexistieron culturas que se relacionaban cada vez más, aunque con contradicciones que, en algunos casos, eran realmente graves. En un país colonial y con una economía subordinada al exterior, esa situación pudo haberse hecho permanente y registrar solo lentas evoluciones y reacomodos. No obstante, en el caso cubano la situación fue transformada radicalmente por las revoluciones sucedidas entre 1868 y 1898. Lo decisivo fue que, de 1868 en adelante, comenzó a surgir una nueva identidad en la Isla, la cubana, que no se veía a sí misma procedente de una etnia, raza, clase social o religión. Su conciencia social predominante era política y su vehículo era la guerra revolucionaria, que desarrollaba en las personas nuevas capacidades y seguridad en sí mismas, que brindaba vivencias y experiencias de luchar y sufrir juntas, de mantener sus convicciones y desarrollar nuevas relaciones interpersonales e instituciones.
Una de las cuestiones principales que se advierten al abordar la cultura cubana es la enorme carga de acumulaciones políticas que contienen sus dimensiones populares. En la formación de Cuba y del cubano tuvieron papeles centrales las luchas masivas por la libertad, la justicia y la soberanía nacional y popular. La cultura política cubana registra creaciones simbólicas como el patriotismo nacionalista, la negación del anexionismo a Estados Unidos, la unión entre justicia social y libertad, la vocación republicana democrática, el antimperialismo, y las ideas más contemporáneas de unidad política, socialismo e internacionalismo.
Nueve años después de Plácido, moría en Matanzas, anónimo y mísero, Juan Francisco Manzano, el esclavo poeta que un día gozó del favor y la manipulación de la tertulia delmontina. Más de un año lo tuvieron preso cuando la gran represión, solo por maldad; aterrado, no volvió a escribir, pero ese mismo año nació en La Habana un blanco pobre e hijo de inmigrantes, José Martí Pérez, otro poeta. Lleno de sentimientos abolicionistas y patrióticos, se lanzó a la lucha revolucionaria desde que era un jovencito —en la coyuntura dede1868—, arrostró el trabajo forzado y persistió en el exilio. Sabemos cómo fue capaz de tejer voluntades y entregarse a los humildes, unificar, multiplicar y organizar las rebeldías, continuar y superar la gesta de la primera Revolución y dirigir la consumación del proceso de constitución de la identidad nacional cubana. Con Martí, Maceo y los que fueron como ellos, esa identidad quedó fijada como el ser de un pueblo en lucha permanente por la liberación nacional y la justicia social.
 

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Estos son los textos: (seguir el hipervínculo)
 

"Cuba en los tiempos de Plácido"

"Los más humildes también crearon la nación"

"Cultura y cubanía