viernes, 11 de noviembre de 2016

Contar la República: Villena, el inquebrantable

Nota editorial (de Roque): Aquí Cinthya García nos recompone, a partir de textos de Villena, una posible entrevista con el poeta de la Revolución del 30. Sin dudas, una forma interesante de presentar el pensamiento de este joven, muerto tempranamente.

“Tu vida tendrá luz plena de mediodía”, dijo a un niño inquieto Máximo Gómez sin siquiera avizorar al líder comunista, estudiantil y antiimperialista en que se convertiría ese pequeño años después.
Nació en Alquízar en 1899, de padre maestro y madre marquesa de legítima descendencia, pasó su infancia en varios lugares. De Pinar del Río la familia se traslada a La Habana y vive en municipios como el Cerro, Guanabacoa, Centro Habana, Arroyo Naranjo.
Como primer dato y que muestra el carácter que se venía forjando en él desde pequeño, el niño ingresa en la Escuela Pública No.37 del Cerro, en 1905, donde se había establecido una república escolar que en su organización y funcionamiento imitaba a la república mayor. La Constitución había sido elaborada por los propios alumnos y eran ellos quienes juzgaban la conducta de sus compañeros. El niño fue elegido presidente de esta república escolar. Terminado su mandato fue investido con el título de ciudadano por distinción y se le entregó una carta firmada por Gerardo Machado, entonces Secretario de Gobernación del Gabinete de José Miguel Gómez, en la cual lo felicitaba y elogiaba su trabajo.
¿Hay algún otro dato que considere relevante sobre estos primeros años de su vida?
Mi infancia tuvo, es cierto, un esplendor de aurora. De la época en que viví en Guanabacoa recuerdo cómo, en unión de mi hermana Esther, bueno me gustaba llamarle Tera, le tiraba pedazos de pan a los chivos desde el portal.
Luego de ingresar al Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana comienza a trabajar como maestro auxiliar dando clases a niños analfabetos. ¿Qué significó eso para usted?
Ser maestro es un modo de hacer patria, y esta es, de fijo, la mayor grandeza.
¿Y si tuviera que elegir entre la familia y la patria?
Creo que el hombre se debe primordialmente a la Patria y a la madre, los que como yo tienen la desgracia de deberse nada más que a la patria, a ella se deben.
Para adentrarnos en los inicios de su vida revolucionaria, recordamos la terraza del café “Martí” y las tertulias literarias de “Los Nuevos”, de donde surgiría más tarde el Grupo Minorista, formado por intelectuales cubanos progresistas, ¿por qué se nombró así al grupo?
El grupo Minorista puede llevar ese nombre por el corto número de miembros efectivos que lo integran, pero ha sido en todo caso un grupo mayoritario, en el sentido de constituir el portavoz, la tribuna y el índice de la mayoría del pueblo. Nos pronunciamos contra el imperialismo yanqui, por la reforma de la enseñanza, por el arte vernáculo y la vulgarización de las doctrinas teóricas. [1]
En 1923 fue abierta la Causa no. 330 en el Juzgado de Instrucción de la Sección Primera de la Audiencia de La Habana, bajo la acusación de injuria, la cual denunciaba los sucesos del día 18 de marzo en la Academia de Ciencias de la Habana, ¿qué sucedió exactamente ese día?
Mis amigos y yo asistimos al acto en honor a la escritora uruguaya Paulina Luissi, ofrecido por el Club Femenino de Cuba. Al observar a los presentes, simplemente nos pusimos de pie en medio del salón, pedí perdón, en nombre de mi grupo, a la presidencia y a la distinguida concurrencia que ahí se hallaba atraídos por los prestigios de la noble escritora, pero nosotros debíamos retirarnos, pues en ese lugar estaba el Doctor Erasmo Regüeiferos, Secretario de Justicia, quien refrendó el decreto ilícito que autorizaba la compra-venta del Convento de Santa Clara, sin advertir el grave daño que causaría su gesto con un negocio repelente y torpe. Dije también que protestábamos, mis compañeros y yo, porque aun tachado por la opinión pública el señor Regüeiferos había preferido rendir una alta prueba de adhesión al enemigo antes que defender los intereses nacionales. Y nos retiramos.
Y después…                                                                                                                             
Una vez abandonado el salón, nos dirigimos al periódico Heraldo de Cuba, donde entregamos para su posterior publicación un manifiesto firmado por mí y los otros 12 compañeros, entre ellos Jorge Mañach, José Z. Tallet y Juan Marinello. Salimos de ahí con la firme convicción de que esa no sería la última pues protestaríamos contra todos aquellos que habían violado la Ley con escarnio.
Posteriormente los participantes fueron encausados y se les impuso una fianza de mil pesos.
Sí, y también fue en esta ocasión cuando utilicé por primera vez mi título de abogado, extendido en 1922 por la Escuela de Derecho de La Universidad de La Habana con calificación de sobresaliente, a pesar de haber estudiado “por la libre”[2], pude asumir mi propia defensa.
A pesar de los esfuerzos, en marzo de este propio año, pasaste tu primera estancia en la cárcel, ¿qué recuerdas de estos días?
Fueron días muy fecundos, pues aproveché para escribirle a mi amigo José Torres Vidaurre, poeta peruano. Y tras saludarlo le conté de mis penas, por las cosas de Cuba que no le son ajenas, por hermano mío y por fervor sudamericano. Le dije que yo bien sabía que su tierra no padeció del triste proteccionismo yanqui, aunque un temor futuro bien podría serlo. Le conté que la patria mía, nuestra Cuba, soporta la amenaza permanente del Norte. Le confesé con pesar que lo triste es que tenemos el destino en nuestras manos, los cubanos, y seremos nosotros los que conseguiremos la desgracia, ignorando el peligro del Norte que vigila y acecha. Pero estoy plenamente convencido de que nos hace falta una carga para matar bribones, para acabar la obra de las revoluciones, para vengar los muertos que padecen ultraje, para limpiar la costar tenaz del coloniaje, para cumplir el sueño de mármol de Martí. [3]
Supongo que en medio de esta etapa tan convulsa, los intentos contra el régimen se tranquilizaron un tiempo.
No, era necesario activar de inmediato esa carga. A inicios de abril ya habíamos decidido fundar la Asociación Cívica Falange de Acción Cubana, donde se laboraría por la honestidad administrativa, el saneamiento de los procedimientos públicos y por la elevación del nivel cultural y escolar de las masas. Esta asociación quería ser un representante fiel de la opinión pública, una vanguardia cívica y valiente. El objetivo principal de la sociedad sería la difusión de la cultura, pero para ello había que acabar definitivamente con la ignorancia, producto del analfabetismo, y la ignorancia cívica, producto del desconocimiento de los deberes y derechos que corresponden a los Gobernantes y a los Ciudadanos.
Entonces con estos propósitos, ¿tuvieron un gran éxito?
Pues no, aunque posteriormente nos integramos al Movimiento de Veteranos y Patriotas y ahí logramos algunos cambios.
¿Fue en el marco de las reuniones de los veteranos de las guerras independentistas donde propuso convertir al Movimiento… en un partido político más allá de cuestionar el pago de las pensiones atrasadas?
Sí, es que hasta ese momento no se había comprendido que el ciudadano cubano existe y está cansado de ser despreciado, y la inconformidad de un pueblo no se puede neutralizar con medidas opresoras. La indignación como la pólvora estalla más fuerte cuando se le encierra en límites estrechos. También era importante reconocer que cuando los poderes públicos no cumplen los mandatos del pueblo ni dictan decretos de sana administración, lejos de llamarse poderes constituidos se llaman poderes prostituidos. 
Pero se conoce que a nombre de este Movimiento en mayo de 1924 viajó a Estados Unidos con el objetivo de hacerse aviador.
Mi idea era bombardear lugares estratégicos, objetivos militares en La Habana. Sin embargo, de un grupo inicial 12 personas finalmente viajamos tres, y cuando llevábamos alrededor de un mes de entrenamiento, fuimos detenidos por la policía norteamericana.
Lastimosamente la tendencia de la organización fue derivando hacia la línea insurreccional. Estos líderes fueron los que se vendieron al oro gubernamental, traicionando el juramento de fidelidad y delatándonos.
¿Qué hizo usted ante esta situación?
Después de estar 15 días en prisión, fuimos absueltos y luego tuvimos que trabajar para ganar algo de dinero. Tampoco sabía si debía volver o esperar que eso que sentía hubiese desfallecido. Esa eran mis dudas. La opinión ajena no me importaría más que en el sentido de que no estaba dispuesto a soportar la burla socarrona o cobarde que se ampara en el interés afectuoso. Allá los que buscaron el camino fácil de la política. Yo sé que soy de los inquebrantables.
Una vez de vuelta en Cuba, cuando se encontraba desconcertado, decepcionado, ¿qué acciones emprendió?
Comencé a trabajar en El Heraldo en octubre de 1924, pues tenía necesidad de trabajar en algo para vivir.
Como columnista, en sus escritos puede encontrarse un profundo antiimperialismo.
Hubo una ocasión en que aproveché un tema meteorológico para expresar que el ciclón se había ido al Norte, pero la atmosfera seguía amenazante y las nubes corrían bajas, rápidas y espesas. ¿Habrá quien desee que el ciclón recurve?, me preguntaba. ¿Hay quien pide que vuelva y caiga sobre la Capital, suba hasta el asta de nuestra bandera, y arrase al guajiro? Cuba se encuentra indefensa ante el mar, precisé.
¿Qué opinión tiene usted sobre la situación económica de la isla en esta etapa?
Cuando en mayo de 1925, me hice cargo de la dirección de la revista Venezuela Libre, salieron a la luz varios trabajos sobre aspectos del problema económico de Cuba en el que analizaba la penetración capitalista yanqui en el complejo azucarero cubano. Es que la causa originaria de nuestra inestabilidad financiera es esa: toda la vida económica de Cuba depende del precio de un único producto: el azúcar.
Después de un cuarto de siglo, ¿cómo resumiría usted del estado de la república neocolonial?
El average de la República es elocuente: analfabetismo pavoroso, un 53 por ciento de la población, carencia de verdaderos partidos políticos definidos, malversación de los caudales públicos, violencias y fraudes electorales repetidos, reiterado ultraje a la Constitución, negación casi permanente de los derechos individuales, explotación y persecución feroz, traición continua a los ideales de la revolución libertadora, tal es el sombrío bosquejo del cuarto de siglo que ya cuenta la República.
Cambiando un poco de tema, usted conoció a Mella a mediados de 1923, cuando este preparaba el Primer Encuentro Nacional de Estudiantes, y puede decirse que él influyó notablemente en su vida.
En su compañía me uní a la Universidad Popular “José Martí”, a la Liga Anticlerical y a la Liga Antimperialista de Cuba, organizaciones de las que Mella fue fundador. Además la estrecha amistad que nos unió fue también mediante una ideología común: el marxismo-leninismo.
Entonces estaban estrechamente vinculados, ¿cuál fue su reacción ante la huelga de hambre iniciada por Mella, cuando estuvo al borde de la muerte?
Recorrí los juzgados, fui a la cárcel, a clínicas, a periódicos, hasta solicité una entrevista a Machado, para exigir la libertad de mi amigo. En esa entrevista Machado llamó a Mella comunista como si fuera un insulto, cuando él no tenía ni idea de lo que era ser comunista. En ese momento le dije al Capitán Nemo[4], quien había propiciado el encuentro, ¡pobre América, capitán, que está sometida a estos bárbaros!, porque este no es más que un bárbaro, un animal, un salvaje, una bestia, un asno. ¡Un asno con garras!
Desde ese momento, Machado pasaría a la Historia con ese sobrenombre.
Retomando el tema anterior, dada su relación con Mella, ¿Qué sintió el día del entierro de sus cenizas ante la masacre desatada?
Primeramente estaba indignado ante la salvaje agresión, pero sentí que Mella estaba ahí, pero no en ese montón de cenizas, sino en ese formidable despliegue de fuerzas. Y estamos aquí hoy porque tenemos el deber de imitarlo, de seguir sus impulsos.

En fecha tan temprana como 1922, usted había pensado que quizá moriría de cualquier cosa, ¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?[5] Con cierta pasividad. ¿Qué pudo cambiar para que ahora en 1930 se sintiera un poco arrepentido?

Mi último dolor no es dejar la vida, sino dejarla de modo tan inútil para la Revolución y el Partido. ¡Cuánta envidia siento por mi situación de los últimos días! ¡Qué bueno, qué dulce, debe ser morir asesinado por la burguesía! ¡Se sufre menos, se acaba más pronto, se es más útil a la agitación revolucionaria!

Para 1933, los distintos sectores obreros comienzan una serie de huelgas parciales, que culminarían en la huelga general, que derrocaría al gobierno de Gerardo Machado. En este proceso su labor fue determinante.

Estando ya muy enfermo seguí recibiendo información de lo que sucedía en la calle y emití algunas orientaciones.

El inicio de este año ha sido muy frío, muy duro

Sí, lo he sentido. Ayer recibí a mi amigo Gustavo Aldereguía, mi doctor, quien venía del IV Congreso Obrero y se disponía a contarme de los últimos acontecimientos, pero solo alcancé a decirle, ¿cómo iba el congreso cuando regresaste?...

A partir de aquí quedó inconclusa una entrevista, una vida, una historia, pero que años más tarde sería complementada. Porque esa carga que él consideró imprescindible fue el motor echado a andar el 26 de julio de 1953. Fue esa generación que cumplió el sueño de mármol de Martí.

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Las declaraciones fueron tomadas de

Núñez Machín, Ana. Rubén Martínez Villena. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1974

Núñez Machín, Ana. El joven Rubén. Editorial Gente Nueva. La Habana. 1981



[1] Párrafo del manifiesto del grupo Minorista
[2] Juan Marinello: Rubén Martínez Villena, La Habana, 1941
[3] Fragmentos de Mensaje lírico civil.
[4] Seudónimo del Periodista José Muñiz Vergara.
[5] Canción del sainete póstumo (1922)
 

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